lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo 22.

Estos sueños extraños, mejor dicho: pesadillas, están empezado a volverme loca. Si no cesan, tendré que pedir cita con un psicólogo y luego a lo mejor, me tasan de loca y me encierran en un manicomio lo cuál es probable porque todo esto parece tan, tan real…
-¿Compartimos habitación o no? – eso me trajo de vuelta a este mundo.
-Cómo quieras… Aunque preferiría habitaciones separadas, por favor – en realidad, no era eso lo que prefería, pero debía ser así porque tras mis pesadillas siempre me quedaba en estado de shock y  demasiado le preocupé ya en el aeropuerto.
-Dos habitaciones, entonces. Con cama de matrimonio en ambas, por favor – pidió Jesús y el joven apuntó algo y nos dio dos llaves: con un llavero que indicaba el número de la habitación: 406 y 407.
-Señores… 3ª planta a la derecha, al fondo – ambos asentimos con la cabeza y nos dirigimos al ascensor. A lo lejos veo a un joven, de unos treinta años, cargar con nuestras maletas, de repente levanta la cabeza y le veo, como si fuera un fantasma, desaparece y me pongo a temblar. Era él, era Mario.
                                   *                     *                     *                     *
-Estás pálidas, ¿pasó algo, Rebecca? – me pregunta tímidamente Jesús en el interior del ascensor. ¿Qué si pasó algo? Me dan ganas de reír. A ver… Acabo de ver a un muerto recogiendo nuestras maletas, pero no se lo puedo decir porque me encerrará antes de tiempo en el manicomio.
-No, no te preocupes, todo esta bien. De verdad – entonces suena un débil pitido que indica que hemos llegado a la 3ª planta.

Me despido de Jesús y entro a mi habitación, la 407. Allí está el doble de Mario (porque obviamente yo sé que Mario no puede ser) dejando mi maleta sobre la gran cama doble. Al salir, pasan cinco segundos y veo como una nota pasa por debajo de la puerta. Decido leerla:
Estoy aquí, te vigilo y trabajo investigando sobre tu pasado. Haz todo lo que te digo o tendrás problemas. Quedaremos mañana por la noche a las 10pm para cenar en el restaurante que hay enfrente del hotel (pagaré yo). Ven sola y no digas a nadie a dónde vas, si dudas en ir te diré una cosa: sé dónde vive cada uno de tus seres queridos  y no dudaré en causarles algún daño si dudas en hacerme caso.
.Leo unas cinco veces la nota y me quedo paralizada. Dios, esto no puede estar pasando. Alguien está aquí y quiere algo de mí y… Si no se lo doy acabará con Vane, mi familia, Eric, Jesús…

Mañana iré a esa cena. Ya está decidido.

martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 21.

Me concentro en seguir las órdenes que me dan en el aeropuerto y en hacer lo que Jesús hace. Tengo que decir que nunca me han gustado los vuelos. Mientras tanto, pienso en “Diario de una escritora”. Necesito nuevas ideas. Cuando estamos a bordo, saco mi portátil y decido ponerme a escribir.
-Rebecca, para – me dice Jesús.
-Oh, no. Tengo que adelantar trabajo – obtengo de respuesta una negación con la cabeza y de repente empieza a lucir la luz roja de mi BlackBerry. Es un whats app de… ¡Eric!
“Beck, perdóname, por favor. No debería haberme ido de tu lado cuando peor estabas, ya que tú no lo hiciste cuando mi hermano murió. Créeme que lo siento de verdad. ¿Te gustaría quedar esta tarde a las 17:30 a la puerta de mi casa? Un beso”
-Señorita, apague su teléfono, por favor. Podríamos tener un accidente – me regaña una azafata.
-Claro, perdone. Fue un despiste – murmuro.
-No importa – y se aleja por el pasillo, miro a Jesús a los ojos y me invita a apoyar mi cabeza sobre su hombro, lo cuál acepto.
-Duerme un poco, cuando estemos llegando, te despierto -  le hago caso: cierro los ojos y me quedo dormida mientras siento sus dedos entre mi pelo.
-¡Rebecca!
Todo son gritos y llantos y luces rojas de alarma. Siento dolor en mis piernas, tengo un cristal proveniente de la ventana clavado en mi muslo derecho y la sangre me baña. Ya no volamos, nos hemos estrellado. Veo a lo lejos a Jesús, atrapado entre un asiento y una barra de hierro que la tiene interna en su estómago, está haciendo una mueca de dolor para no llorar.
-¡Jesús!
Intento levantarme, pero mis piernas no responden, solo me queda arrastrarme como una asquerosa lombriz, y es lo que hago. Consigo llegar hasta Jesús, ha muerto. Tiene su mirada fija en mí, pero no se mueve. Lo he perdido. Lloro y me deshago con sus ojos helados mirando en mi interior.

-Hemos llegado.

lunes, 5 de agosto de 2013

Capítulo 20.

Eric está allí, tumbado, vestido con traje… Muerto. El ataúd está a pocos metros de mí. Un joven, que debe de ser Mario, se acerca a mí.
-Lo confundiste conmigo. Él es el muerto. Yo soy el vivo. Él tuvo el accidente, no yo. El accidente fue culpa tuya. Él está muerto por ti, niña. Rompisteis y… Él te amaba de verdad y míralo ahora. Ya no tiene nada: ni tu amor ni… Ni siquiera la vida – Mario se aleja de mí y la pena me empuja hacia el suelo. La tierra se remueve a mi alrededor y mi cuerpo se va abriendo paso hacia el fin del mundo. Estoy siendo enterrada. Al igual que Eric lo va a ser en unas horas. “Rebecca, veo cómo le miras, cómo le abrazas… Yo no puedo cargar con eso. Lo mejor será que dejemos de vernos durante un tiempo. No olvides que aunque esto haya acabado así, te quiero”, y entonces la tierra me tapa por completo.
-Rebecca, vamos, despierta… Prepárate que nos vamos – me dice una voz suave y angelical.
-¿Eric? – pregunto deslumbrada por la abundante luz que entra por mi ventada.
-Soy Jesús, no te preocupes, Eric está bien. Vanessa le llamó porque sabía que ibas a preguntar por él – pasa su mirada de mí al suelo. –Ya he guardado tu maleta en mi coche, solo tienes que vestirte y prepararte y podremos irnos. Ah, por cierto, no hace falta que desayunes, en el avión nos darán comida.
-¿Avión? Eh… ¿Dónde vamos a ir? – no pillo ni una, yo sigo en las nubes.
-Sorpresa… - me dice infantilmente. Vaya, no conocía este lado de Jesús, pero he de admitir que así me atrae más.
-Jo, no es justo. Dime a donde vamos – me mira, vaya, se está conteniendo para no decírmelo. –Por favor, Jesús.

-Vamos a ir a Londres – y sonrío maliciosamente porque estoy orgullosa de haberle sonsacado el destino. Aunque… Allí no hay playa… Y lo más importante… ¿Por qué narices vamos a ir Londres?