martes, 13 de agosto de 2013

Capítulo 21.

Me concentro en seguir las órdenes que me dan en el aeropuerto y en hacer lo que Jesús hace. Tengo que decir que nunca me han gustado los vuelos. Mientras tanto, pienso en “Diario de una escritora”. Necesito nuevas ideas. Cuando estamos a bordo, saco mi portátil y decido ponerme a escribir.
-Rebecca, para – me dice Jesús.
-Oh, no. Tengo que adelantar trabajo – obtengo de respuesta una negación con la cabeza y de repente empieza a lucir la luz roja de mi BlackBerry. Es un whats app de… ¡Eric!
“Beck, perdóname, por favor. No debería haberme ido de tu lado cuando peor estabas, ya que tú no lo hiciste cuando mi hermano murió. Créeme que lo siento de verdad. ¿Te gustaría quedar esta tarde a las 17:30 a la puerta de mi casa? Un beso”
-Señorita, apague su teléfono, por favor. Podríamos tener un accidente – me regaña una azafata.
-Claro, perdone. Fue un despiste – murmuro.
-No importa – y se aleja por el pasillo, miro a Jesús a los ojos y me invita a apoyar mi cabeza sobre su hombro, lo cuál acepto.
-Duerme un poco, cuando estemos llegando, te despierto -  le hago caso: cierro los ojos y me quedo dormida mientras siento sus dedos entre mi pelo.
-¡Rebecca!
Todo son gritos y llantos y luces rojas de alarma. Siento dolor en mis piernas, tengo un cristal proveniente de la ventana clavado en mi muslo derecho y la sangre me baña. Ya no volamos, nos hemos estrellado. Veo a lo lejos a Jesús, atrapado entre un asiento y una barra de hierro que la tiene interna en su estómago, está haciendo una mueca de dolor para no llorar.
-¡Jesús!
Intento levantarme, pero mis piernas no responden, solo me queda arrastrarme como una asquerosa lombriz, y es lo que hago. Consigo llegar hasta Jesús, ha muerto. Tiene su mirada fija en mí, pero no se mueve. Lo he perdido. Lloro y me deshago con sus ojos helados mirando en mi interior.

-Hemos llegado.

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