Me concentro en seguir las órdenes que me dan en el
aeropuerto y en hacer lo que Jesús hace. Tengo que decir que nunca me han
gustado los vuelos. Mientras tanto, pienso en “Diario de una escritora”.
Necesito nuevas ideas. Cuando estamos a bordo, saco mi portátil y decido
ponerme a escribir.
-Rebecca, para – me dice Jesús.
-Oh, no. Tengo que adelantar trabajo – obtengo de
respuesta una negación con la cabeza y de repente empieza a lucir la luz roja
de mi BlackBerry. Es un whats app de… ¡Eric!
“Beck, perdóname,
por favor. No debería haberme ido de tu lado cuando peor estabas, ya que tú no
lo hiciste cuando mi hermano murió. Créeme que lo siento de verdad. ¿Te
gustaría quedar esta tarde a las 17:30 a la puerta de mi casa? Un beso”
-Señorita, apague su teléfono, por favor. Podríamos
tener un accidente – me regaña una azafata.
-Claro, perdone. Fue un despiste – murmuro.
-No importa – y se aleja por el pasillo, miro a Jesús
a los ojos y me invita a apoyar mi cabeza sobre su hombro, lo cuál acepto.
-Duerme un poco, cuando estemos llegando, te despierto
- le hago caso: cierro los ojos y me
quedo dormida mientras siento sus dedos entre mi pelo.
-¡Rebecca!
Todo son
gritos y llantos y luces rojas de alarma. Siento dolor en mis piernas, tengo un
cristal proveniente de la ventana clavado en mi muslo derecho y la sangre me
baña. Ya no volamos, nos hemos estrellado. Veo a lo lejos a Jesús, atrapado
entre un asiento y una barra de hierro que la tiene interna en su estómago,
está haciendo una mueca de dolor para no llorar.
-¡Jesús!
Intento
levantarme, pero mis piernas no responden, solo me queda arrastrarme como una
asquerosa lombriz, y es lo que hago. Consigo llegar hasta Jesús, ha muerto.
Tiene su mirada fija en mí, pero no se mueve. Lo he perdido. Lloro y me deshago
con sus ojos helados mirando en mi interior.
-Hemos llegado.
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