lunes, 29 de julio de 2013

Capítulo 19.

Eric acaba de entrar en la habitación de golpe, Jesús y yo estamos abrazados y en mi cara hay lágrimas.
-¡Rebecca! ¿Estás bien? ¿Por qué lloras? – parece angustiado. -¿Te ha hecho algo malo este tipo?
-Me llamo Jesús, por si se te ha olvidado, y Rebecca está bien – le responde mi jefe resignado.
La situación se está poniendo fea. Yo simplemente lloraba de felicidad, pero Eric se lo ha tomado a mal. Es un poco celoso y veo que esto va a acabar mal, realmente mal. Eric se acerca a mí, deposita un corto beso en mis labios y pronuncia unas palabras que me congelan el alma:
-Rebecca, veo cómo le miras, cómo le abrazas… Yo no puedo cargar con eso. Lo mejor será que dejemos de vernos durante un tiempo – me dice secamente, con los ojos rojos. –No olvides que aunque esto haya acabado así, te quiero – dicho eso sale de mi habitación y oigo como la puerta del piso se cierra de un portazo. Ahora sí que lloro de tristeza.
-Jesús, vete, por favor. Necesito estar sola – mi voz se ha roto en la palabra “sola”. Jesús me abraza como buen amigo que es.
-Piénsate lo de viajar a ir a ver el mar. Te vendrá bien, no puedes estar aquí encerrada. Mañana vendré con la maleta hecha. Haz tu maleta si quieres ir conmigo. Te quiero, descansa, por favor – me besa en la frente y recorre el mismo camino que Eric pero en silencio.
                                   *                     *                     *                     *
Me paso toda la noche despertándome con pesadillas sobre Eric dejándome por Catelyn, lo cual podría ser un hecho cierto, aunque lo dudo. Oigo la puerta de mi habitación y un susurro: mi nombre. Luego veo a Vanessa asomarse para  ver si estoy despierta.
-¿Por qué estás despierta a estás horas? – miro el reloj de mi mesilla de noche: son las 4:48 a.m. -¿Te duele algo?
-Me duelen las costillas, pero lo que más me duele es el alma, Vane – murmuro en la oscuridad.
-No se diría “estoy enfermo de amor” si no te hiciera daño algunas veces.
-Tienes razón – le digo asintiendo con la cabeza.
-Siempre la tengo. Ahora, duerme – cuando se levanta del lado derecho de la cama en el que estaba sentada la agarro fuertemente por la muñeca. -¿Qué pasa, Rebecca?
-¿Crees que debería ir de viaje con Jesús para despejar mi mente de Eric?
-¿Para despejar la mente o para llenarla de mierda comiéndote la cabeza con ellos dos? – me reprende.
-Para despejarme, olvidar a Eric y pasarlo bien durante unos días. Jesús cree que me vendría bien y yo… También lo creo – le respondo.

-Pues si tú lo crees así, yo también. Ahora duerme, yo te prepararé la maleta mañana por la mañana – cuando voy a decirle que no hace falta, me gruñe por lo bajo y añade: -Sí hace falta. Todavía te duelen las costillas… Y el alma. Duerme – me arropa y el sueño gana su batalla.

sábado, 27 de julio de 2013

Capítulo 18.

Jueves 10 de Octubre. Me he despertado observando el cielo. Preciosos ojos, ¿verdad? Jesús está despierto y agarrando mi mano dulcemente.
-¿Estás mejor? – asiento. –Se me ha ocurrido… Que podíamos ir a ver el mar, ya sabes: unos días tranquilos para que descanses y no te aburras. ¿Te parece bien?
-Oh, no, Jesús. No lo puedo aceptar – mi rubor debe de notarse bastante.
-Por favor, Rebecca. Siento que lo que te pasó fue mi culpa, quiero compensártelo – me suplica Jesús.
-No, Jesús, no. No fue tu culpa, tú no podías hacer nada. Fue mi culpa, no debí ir con él… Pensé que solo íbamos a hablar. Soy estúpida – las lágrimas se reúnen en mis ojos. Voy a llorar. La primera lágrima recorre su camino.
-Rebecca. Mírame, por favor – le hago caso y atrapa la primera lágrima con su dedo corazón y  me abraza fuertemente. Las costillas piden su liberación, pero me encuentro tan a gusto que no soy capaz de decirle a Jesús que me suelte. Preferiría soportar el dolor. –Te quiero, Rebecca. Y siento mucho que tengas novio, pero es la verdad. Eres más que especial para mí. Nunca podré perdonarme que aquel tipo te maltratara.
Quiero besarle, pero no debo. Mi novio es Eric, no Jesús. Quiero estar enfadada con Eric, pero no sé porqué, creo que es porque se fue ayer por la noche, pero fui yo misma la que le dijo que lo hiciera. Jesús me está mirando, esperando una respuesta. ¡Me ha dicho que me quiere! Yo también le quiero pero ¿puedo decírselo?
-Jesús… Yo… - me veo interrumpida. No puedo hablar, nos estamos besando, igual que el día de la fiesta… ¡Oh, lo había olvidado por completo! Debo preguntarle qué pasó exactamente. Me separo lentamente de él. Oigo nuestras fuertes respiraciones ir al mismo ritmo. –Yo también te quiero, no voy a negarlo, pero yo pensaba que tú a mí no me querías, por… lo de la fiesta.
-Venga Rebecca, no digas bobadas. Te quise desde el primer momento que te vi. La fiesta, tu borrachera, sé que no volverá a pasar – me dice y más tarde me cuenta todo lo que pasó: fue Fran el que me daba una copa tras otra. Él se tuvo que ir a hacer la entrevista y yo me quedé bebiendo con Fran y cuando volvió, yo estaba completamente ida y me trajo a casa. Eso es todo. –Nada de lo que ha ocurrido hasta ahora ha sido tu culpa, que acabaras en el hospital y la borrachera no fue culpa tuya, fue culpa de aquel gilipollas. Solo tú tienes la culpa de una cosa – repuso rápida y nerviosamente.
-¿De cuál? – conseguí decir con un tono de voz mucho más bajo del habitual.

-De enamorarme.

viernes, 26 de julio de 2013

Capítulo 17.

Hoy es miércoles 9 de Octubre, al parecer, solo estuve dos días y medio en el hospital, una día y medio inconsciente y el último día me revisaron por si había empeorado o algo. Ahora, Eric ha venido a verme y cuando ha visto a Jesús hablando conmigo en la habitación y contándome todo lo que ha pasado (han puesto una denuncia a Fran) ha hecho una mueca y yo le he correspondido con otra.
-Jesús, vete un momento. Tenemos que aclarar cierta cosa – hago hincapié en “cosa”, Jesús asiente me aprieta mi mano derecha entre las suyas y sale cerrando la puerta cuidadosamente.
-¿Quién es ese y por qué está siempre contigo?
-Es mi jefe y se preocupa por mí más que tú – Eric se quedó incrédulo.
-¿Qué he hecho para que estés así conmigo? – dice finalmente asustado.
-Mejor “que no has hecho” – me mira con cara de “¿Qué me estás diciendo?”
-Venga, Beck… Dime qué ha pasado, podemos arreglarlo.
-¿Cuántas novias tienes? – me mira asombrado por la pregunta. –A parte de mí y Catelyn.
-Oh, Beck, ella no es mi novia. Lo fuimos… - dice, la voz le tiembla.
-Ella no opina igual – le contesté seriamente. Después, Eric me contó toda su historia con Catelyn: la conoció cuando hizo un viaje a Irlanda por dos meses, se conocieron y estuvieron saliendo, pero luego Eric cortó con ella y le puso la escusa de la distancia y tal. Catelyn le dijo que lo quería de verdad y le dijo que la distancia no importaba pero Eric se lo dejó claro, aunque ella seguía llamándose su novia y lo llamaba todos los días, la única novia (oficial) de Eric soy yo. Finalmente, Eric me besó suavemente con cuidado de no hacerme daño. Eso me quitó un gran peso de encima, pero me creó un nuevo problema: Quiero a Jesús y a Eric, ¿cómo voy a estar con uno de los dos, viendo al otro todos los días?
                                   *                     *                     *                     *
Ya era de noche, Vanessa y yo habíamos conseguido que Eric se fuera a casa a descansar, pero Jesús seguía a mi lado sujetando mi mano cuidadosamente. Habíamos estado hablando de Fran. Jesús me contó que nunca se había sentido más inútil, porque cuando yo empecé a gritar tras la puerta de la habitación, él no podía hacer nada. La puerta estaba candada y no había ninguna otra entrada a mi cuarto, lo único que pudo hacer fue gritar mi nombre una y otra vez y cruzar los dedos para que saliera viva de aquella, y valió la pena que cruzara los dedos, en serio.
-Jesús, vete a casa, no tienes porqué hacer esto. Mañana te veo, seguiré con “Diario de una escritora”.
-No, Rebecca, no seas cabezota. Mañana no vas a ir a trabajar. Antonio dijo que necesitabas toda la semana para descansar. Vendré a verte… Estaré todo el día contigo, mandaré a alguien hacer mi trabajo – dijo tranquilamente.
-Pero…

-Pero nada. No te preocupes. Duerme. Me gusta verte dormir – me besó en la frente y me tapó con una manta. 

jueves, 25 de julio de 2013

Capítulo 16.

  Oigo pero no veo nada. La oscuridad me aterra, quiero abrir los ojos, pero solo tengo a mis oídos porque tampoco se me permite moverme.
-Ese maníaco debería estar encerrado.
-Para ya, Jesús, por favor – era Vanessa, reconocería su voz en cualquier sitio.
                                   *                     *                     *                     *
La oscuridad me traga continuamente y solo oigo parte de las conversaciones que hay a mi alrededor.
-Oh, no, no, no. No sé porqué abandonó mi casa, nunca tendría que haberse marchado de allí.
-¿Pero sois novios o algo? – preguntó la entristecida voz de Jesús.
-Claro, sino no estaría aquí con ella – Oh, lo está echando de la habitación. Preciosa indirecta, cariño. Y no sé si somos novios, porque si tienes otra novia te puedes quedar con ella.
                                   *                     *                     *                     *
-La Srta. Johnson está perfectamente, no tiene nada grave, solo sigue inconsciente, en cuanto despierte le haremos una revisión y no más probable es que le podamos dar el alta en seguida. Solo tiene dos costillas fracturadas, que sanarán rápido y algunas magulladuras – decía un médico.
-Gracias, Antonio – ese era Jesús, al parecer, Eric no había conseguido apartarlo de mi lado. Lo necesito conmigo ahora que todo está tan mal.
                                   *                     *                     *                     *
Consigo salir de la oscuridad y por fin, abro mis ojos. La luz es cegadora pero aun así consigo ver a Jesús dormido en un sillón a mi lado, con nuestras manos entrelazadas. Ay, Dios mío. Le amo. Decido no despertarle. Lleva uno de sus trajes tan elegantes de marca, pero tiene el pelo un poco alborotado. Suelto mi mano de la suya y acaricio suavemente su pelo, se lo coloco bien y vuelvo a entrelazar nuestras manos. Quizás elegí mal. Quizás él me quiere de verdad. Quizás debí decir que no a Eric. La cabeza me empieza a doler demasiado y miro  hacia Jesús a mi derecha, y solo nosotros dos en toda la habitación. Solos. Juntos. “Para siempre” añadió mi yo interno mientras el sueño ganaba su batalla y la oscuridad se apoderaba mí.

miércoles, 24 de julio de 2013

Capítulo 15.

Estoy en casa, metida en mi cama, pensando. Pensando en estos últimos días tan felices hasta… El momento de la llamada de Catelyn. ¿Y si ella sigue siendo la novia de Eric y él solo me iba a utilizar? No, no, no. Si fuera así no te hubiera preparado la sorpresa de esta mañana. ¿Entonces…?
Alguien está llamando a la puerta de mi habitación. Oigo a una voz suave suplicar.
-Por favor… Vanessa, déjame verla.
-No, vete, Fran. No sé para qué quieres verla ahora mismo, pero vete – Vane era rotunda, gracias a Dios. Cogí mi BlackBerry para ver qué hora era… Las 16:59, y tenía un whats app de Jesús: “¿Quedamos para tomar un café?”, enviado a las 16:21. Más o menos cuando salí de casa de Eric. Le contesto: “Como quieras. ¿Hora? ¿Lugar?”. No contestaba, con lo cuál que decidí ir a ducharme.
                                   *                     *                     *                     *
Me estoy vistiendo cuando oigo voces en el salón…
-¡No me gustaría que montar un espectáculo así que vete, déjala en paz!
-¡Tú no eres quién para decirme que me vaya! – gruñó alguien.
-¡HEY! Tranquilizaros, por favor – decía Vane intranquila.
Me terminé de arreglar y salí a ver quién estaba montando ese barullo. Me quede con la boca abierta y los tres miraron hacia mí: Vane, asustada, Fran, furioso y… Jesús, impasible. Fran me agarró por el brazo y me llevó a mi habitación, antes de que cerrara la puerta miré a Vane y a Jesús que estaban nerviosos.
                                   *                     *                     *                     *
Miro a Fran, ya no es el mismo que la otra noche. Ya no es sensible, se ha puesto la armadura, me intimida.
-¿Estás con ese? – dice para impresión mía.
-¿Qué quieres? – le pregunto en un tono de voz casi inaudible.
-Dime. Estás con ese, ¿sí o no? – repite más alto. Tengo miedo. Si le digo que sí, sé que me hará algo malo y si le digo la verdad… Acabará lo que el otro día dejó a medias. Gruñe mi nombre para que le conteste, pero salgo corriendo hacia la puerta que por desgracia… Está candada y no me da tiempo a escapar de él. Fran me empuja contra la puerta y sostiene mis muñecas en alto. –Te he hecho una pregunta. Respóndeme.

-Fran, suéltame. Me haces daño – clava sus uñas en mis mejillas y dejo escapar un grito. Me deja caer al suelo y me da una patada en las costillas. El dolor me va hundiendo en la oscuridad. Voy contando las patadas que voy recibiendo mientras grito y oigo el manillar de la puerta moverse, Fran me grita un insulto por haberle dicho que no le quería la noche pasada, pero llega un momento en el que yo no oigo más y la oscuridad me lleva.

martes, 23 de julio de 2013

Capítulo 14.

Acaba de salir Vane de la habitación y me ha apagado la radio. Vale, se ha enfurruñado, pero eso le pasa por salir de fiesta hasta las cinco de la mañana, yo no tengo la culpa. Mi BlackBerry suena… “Buenos días, Beck. 1.Mira el buzón… Eric.” Me cambio de ropa y bajo. Hay una carta que dice: “2.Abre la maleta del C3 negro que está en frente de tu casa”, me acerco al coche y… ¿Cómo abro el coche si no tengo las llaves? Mi BlackBerry suena de nuevo, otro mensaje: “Como eres tan lista, te has dado cuenta de que no tienes las llaves para abrir el coche, así que… 3.Tócate la nariz y te abriré el coche”. Me toco la nariz tímidamente y unas luces indican que el coche está abierto. Me asomo al maletero y veo una caja que contiene dentro un móvil… nuevo. Hay una nota que me indica que lo encienda. Le meto mi tarjeta y lo enciendo. En la bandeja de entrada hay un mensaje nuevo… “Este Xperia S es para ti… 4.Mira las fotos. Eric”. Hay fotos suyas y sostiene en sus manos varios cartelitos, voy pasando las fotos y leo lo que pone. “TE. QUIERO. CONMIGO. SIEMPRE.”  Oigo en mis oídos esas palabras en el mismo instante en que las leo. Eric está detrás de mí. “TE. QUIERO. REBECCA.” me susurra.
                                   *                     *                     *                     *
Cuando me despierto, Eric está abrazándome y… dormido. Comimos en su casa y nos echamos la siesta juntos. Llevo una camiseta de Avenged Sevenfold que él me prestó, es su grupo favorito. Voy a la cocina y me hago un té, de repente empieza a sonar God Hates Us en el móvil de Eric… Decido cogerlo, no sea que Eric se despierte y necesita descansar tras haber preparado todo lo de esta mañana.
-¿Sí?
-¿Eric? – dice una voz femenina al otro lado de la línea.
-No, Eric está dormido, soy Rebecca, su… Novia. ¿Quién eres? – me sentí como una extraña al decir la palabra “novia”, pero así era.

-Soy… Catelyn, su… ex, supongo. Dile que cuando pueda, me llame – asentí en modo de respuesta, pero me di cuenta de que Catelyn no podía verme, así que le respondí. ¿Había dicho “supongo”? ¿Quiere decir que era su novia hasta que yo la reemplacé? ¿Eric tenía novia y no me lo dijo? Y la pregunta más importante… ¿En realidad, Eric me quiere o solo me utiliza...? Esa última pregunta estuvo flotando en mi mente toda la tarde.

lunes, 22 de julio de 2013

Capítulo 13.

Domingo 6 de Octubre, 2013.
En la radio está sonando I´m with you de Avril Lavigne. Yo estoy contigo, Eric. Y entonces… Empiezo a recordar todo lo que pasó el viernes.
 Fui a la redacción e hice mi trabajo, seguí escribiendo “Diario de una escritora” y dejé preparado el primer capítulo para que fuera publicado la próxima semana, cuando se lo entregué a Jesús le dio el visto bueno:
Capítulo 1.
Veo mi pelo caer. Mechón tras mechón. Decidí cortarme el pelo antes de llegar a mi nuevo trabajo. Le he dicho unas mil veces a la peluquera que me está atendiendo, que es regordeta, bajita y con el pelo rubio, que me corte solo las puntas, porque sé lo que pasa…”
Comí con Eric y al pasar por una librería de vuelta a casa, me regaló un libro: “Donde los árboles cantan”.
-Espero que te guste porque a mí me encantó. Espero conseguir ser para ti como Uri lo era para Viana – agarró mi mano y me acompañó a la puerta de casa.
Aquella noche no dormí. Me leí el libro que Eric me regaló y era… Magnífico, incluso lloré con el final, pero acabé quedándome dormida.
Después, con una sonrisa tonta, comencé a recordar el mejor día de toda mi vida… ¡Precioso sábado!
Quedé con Eric y fue… Increíblemente genial. Tomamos un café, hablamos del libro y luego fuimos a su casa a ver una película, pero no le prestamos atención. Me besó y… bueno, a partir de ahí, empezamos a hablar de nosotros:
-Beck, te quiero, me pareciste preciosa desde el lunes, cuando te vi por primera vez. Nunca he empezado a querer a nadie tan rápido como a ti, espero que no cometa un error por ir deprisa contigo. Eres  muy especial para mí y… Estuviste conmigo en la muerte de mi hermano. Te aprecio, ¿querrías darme una oportunidad para cuidar de ti como tú lo hiciste conmigo? – pensé en Jesús antes de asentir. Creí que nunca podría querer a Jesús como a Eric porque es mi jefe y… Me enamoré perdidamente del chico que tenía delante. – Gracias, Rebecca. Te amo – y acarició mi mejilla delicadamente. Finalmente, me despedí de él con un beso y volví a casa. Esa noche… Dormí como nunca.

Sí, sin duda, el sábado fue un día maravilloso.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo 12.


Jueves 3 de Octubre, 2013.
Abro los ojos lentamente y veo una sombra en la oscuridad que me mira. Sus ojos verdes brillan por la poca luz que entra por la persiana… ¡Eric! Me sonríe tristemente. Miro la hora en mi BlackBerry… ¡Las 9:00! He dormido desde ayer a medio día… Sí que estaba cansada. Resaca, resopla mi yo interno.
-¿Me has estado observando mientras duermo? – Eric asiente tímidamente y mira hacia la mesilla y… Te ha hecho el desayuno, aunque no lo merezcas. -¿Es… para mí? – asiente de nuevo. –Gracias, de verdad, no hacía falta.
-Desayuna tranquilamente, Beck, voy a ir a tu casa a buscarte ropa para el… euh… entierro – le cuesta decir la última, normal. Oh, mi pobre Eric. Me mira y asiento para que vaya a buscar mi ropa, no me importa que entre en casa, no es como Fran.
                                   *                     *                     *                     *
Voy en el asiento del copiloto de Eric, tiene un C3 negro, está aparcando a las puertas del cementerio y entonces baja y me abre la puerta. Le susurro la palabra “gracias” y asiente tranquilamente. Hemos llegado un poco tarde porque Eric no sabía dónde buscar mi ropa, pero aquí estamos. Caminamos hasta la tumba de Mario y siento a Eric tenso.
-Eric, no llores, por favor – le suplico antes de llegar a la lápida en la que pone “Mario García Iglesias descansa en paz”. Me giro hacia Eric, está llorando y… Lo abrazo, con todas mis fuerzas. –Por favor, no te hundas.
-Beck, te quiero – me susurra y se recompone. ¿Me quiere? Oh, Eric, yo también te quiero, pero no puedo explicarte todo mi cacao mental. Deberé elegir a uno de los dos: Jesús o tú. Aunque no te elija, te amo, no lo olvides. Escuchamos atentos lo que se dice en honor a Mario, la gente va desapareciendo poco a poco y finalmente quedamos solo unos pocos… Los padres de Eric y Mario – supongo – la mujer llora descontroladamente la muerte de su hijo mayor y una mujer muy mayor, que debe de ser la abuela de Eric y Mario, que se acerca a nosotros.
-Eric, no nos has presentado – le regaña, Eric se ruboriza y sonríe tímidamente.
-Abuela, esta es Beck, euh, Rebecca. Rebecca, esta es mi abuela Susana – la anciana me da dos besos y un abrazo.
-Encantada, Rebecca – consigue decir. Susana está medio afónica, con la voz ronca. Es normal, acaba de morírsele un nieto. Ten paciencia. -¿Es tu novia, Eric? - ¿Qué? No me creo que haya preguntado es. Veo que Eric niega con la cabeza y se retira a consolar a su madre. Susana se queda a mi lado y antes de irse finaliza diciendo:
-Oh, Rebecca, os veo muy unidos. Veo que ambos os queréis, cómo os miráis el uno al otro, con tanto cariño… ¿Por qué no estáis juntos?

Capítulo 11.


Mi cabeza da vueltas. Un torbellino me está tragando y no puedo respirar. Salgo corriendo del hospital y me dirijo a un parque que está pasando la calle. Hoy hace sol, no me había dado cuenta antes. Me siento en un banco de madera y me acurruco en él agarrándome las rodillas. ¿Qué? Esto no está pasando en realidad. Mario no puede haber muerto. No, no, no. Cojo mi BlackBerry, tengo una llamada perdida de Jesús y un mensaje suyo: *Rebecca, llámame en cuanto puedas*. ¡A la mierda! Ahora no puedo llamarle. Marco el número de Eric… Bip, bip, bip. *EL TELÉFONO AL QUE USTED LLAMA ESTÁ APAGADO O FUERA DE COBERTURA* Claramente, hoy no es mi día. Pido un taxi y me dirijo a la casa de Eric, cuando llego intento recordar en qué piso vivía… 3ºC. ¡Eso era! Llamo al interfono…
-¿Sí…? – oigo sollozar al otro lado.
-Eric, soy Rebecca… Oh, cuánto lo siento… Ábreme, por favor – suplico tiernamente.
                                   *                     *                     *                     *
Eric está tumbado en un sofá blanco con una manta marrón muy suave, creo que es de terciopelo, pero quién sabe…
-Eric, tienes que superarlo. Vamos, tu hermano… Mario no te querría ver así. No estés así… Hazlo por mí, hazlo por tu hermano, por favor… - Eric levanta la cabeza y me mira con lágrimas por su cara. Oh, no, no, no. Las lágrimas vienen a mí, no puedo verle así… Quiero ver de nuevo su sonrisa, y rápidamente recuerdo el momento que me hizo chantaje con la BlackBerry y la cita, las rosas que me envió al trabajo y… El chapuzón en la fuente. Suspiro mientras las lágrimas bañan mis mejillas.
-Oh, no, Rebecca, por favor, no llores por mí – me pide con voz ronca. Está preocupado. –Beck, no, no… - me está abrazando, levanta mi barbilla y empieza a recoger mis lágrimas con sus suaves dedos. –No. Llores. Por. Mí – me dice con cariño realzando cada palabra.
-¿No vas a ir al velatorio? – pregunto tímidamente.
-No – gruñe. –No quiero ver el cuerpo pálido y sin vida de mi hermano en un ataúd metido – veo que está pensando algo… - Ven, aquí, duerme conmigo. ¿Me acompañarás mañana al entierro? – asiento. Me conduce a su habitación y en unos minutos lo veo dormir tranquila y  profundamete, parece un niño con su cabello rubio con destellos dorados. Y mis pensamientos empiezan a dirigirse a mí. ¿Qué estoy haciendo? Ayer besé a Jesús y hoy duermo con Eric. Tengo que decantarme con uno, no puedo jugar con los dos. El tema es: Amo a los dos, pero ¿cuál ganará mi amor: el tímido joven de ojos color hielo o el muchacho con el que duermo ahora, divertido y simpático con sus ojos verdes color un prado? ¿Prefiero el hielo, la tranquilidad, la timidez o prefiero la pradera, la diversión y la simpatía…? Mis ojos empiezan a cerrarse y ese pensamiento invade mis sueños.

Capítulo 10.


¿Qué? ¿Has escuchado bien, Rebecca? Mi yo interno está asustado y pálido, con la boca abierta, pero ya no grita. Fran me está mirando con los ojos abiertos. ¡Dile algo!
-Euh… Fran, yo no te quiero de esa manera - ¡Ni de  ninguna otra! –Lo siento – Fran resopla y centra su mirada en una imagen que tiene entre las manos que no tengo ni idea de cuando ha cogido. Me la da… ¡Rebecca, eres tú! ¿Cuándo te ha hecho esa foto?
-Ahí estás guapísima. Desde aquel día siempre te he querido para mí – esa foto será de hace un año, más o menos, fui a ver a la banda de Vane a un bar, llevaba un vestido color cereza que mostraba mi espalda desnuda y el pelo recogido en un moño que dejaba sueltos algunos mechones alrededor de mi cara. No salgo mal en esa foto, pero llegar a… ¿Enamorarse? Sí, se ha enamorado de ti, pero a su manera. Te quiere para él, pero… ¿Tú podrías quererlo? No, no, no. Yo no puedo querer a Fran, es un cabrón y un machista. Y entonces… ¿A quién quieres tú? A… ¿Eric? O quizás a Jesús. Los dos han sido muy buenos conmigo.  Nunca podrás querer a Fran. Díselo para que te deje en paz.
-Fran, yo no te quiero… Eres malo, un cabrón y un machista. Déjame irme de aquí.
-Ya te solté. Puedes irte cuando quieras – dice tristemente. Si puedes irte cuando quieras… ¿Por qué no te has ido ya? Porque no puedo dejar aquí solo a Fran, eso caería sobre mi conciencia. Yo soy buena, debo ayudarle a ser bueno, a cambiar.
-Ven… Vamos, ven conmigo al salón, no puedes quedarte aquí, podemos tomar algo juntos – le ofrezco mi mano, e increíblemente la acepta inmediatamente.
                                   *                     *                     *                     *
Cuando llegamos al salón, encontré a Jesús buscándome y nada más verme suspiró.
-¡Rebecca! ¿Dónde estabas…? – señalo a Fran que está detrás de mí.
-Él es solo – realzo la palabra “solo” - un amigo, estuvimos hablando sobre… Sobre su banda. Lo siento si te preocupé, Jesús. Estoy bien – Jesús asiente y los jóvenes se dan la mano y se presentan. Más tarde, Fran se disculpa porque se tiene que ir a preparar la batería para más tarde tocar con la banda. Tienen mesas con aperitivos para que la gente coma mientras un cuarteto de flauta, violín, viola y violoncello toca una obra de Mozart en G. Podrías bailar con Jesús, hacéis muy buena pareja. Ay, ya está mi yo interno hablando sin saber.
-¿Bailarías conmigo, Rebecca? – oh my god. Lo ha hecho, me lo ha pedido.
-Claro, Jesús. Aunque… No sé bailar – y me ruborizo. Noto la sangre ardiendo en mis mejillas.
-No te preocupes, Rebecca, solo sígueme y mantén la calma.
-Te pisaré – le digo.
-No te voy a despedir por pisarme – y suelta una tierna carcajada. Asiento y nos dirigimos a la pista de baile. Solo me dejo llevar. –Lo estás haciendo muy bien – me susurra y me mira a los ojos. Dios. Bésame. Bésame. Bésame. El corazón me va a mil por hora y  por fin lo hace, nuestros labios colisionan y quiero parar este momento. Congelarnos y vivir así, besando los labios de Jesús y observar sus ojos azules como el hielo durante toda mi vida. En este momento, podría decir que lo amo.
                                   *                     *                     *                     *
Dios. ¡Qué sueño! ¿Qué pasó ayer? Rebecca, no es propio de una dama emborracharse como tú lo hiciste. Jesús tuvo que traerte a casa. Después del beso empezaste a beber. ¿Qué clase de dama eres? Jesús ya no volverá a salir contigo. Ahora, dúchate, desayuna, lávate los dientes y vete al hospital a ver a Eric. ¡Ya! Vaya. Mi yo interno parece mi madre, pero quizás tiene razón. Tengo puesto el pijama y tengo resaca. ¿Me trajo Jesús a casa? Sí… Ahora lo recuerdo mejor todo, pero ¿quién me vistió? Esa es una respuesta que no tengo, debo preguntarle a Jesús qué pasó exactamente, porque mis recuerdos están borrosos. Hago todo lo que mi yo interno me ha ordenado.
                                   *                     *                     *                     *
Son las 12:30. Estoy a la puerta de la habitación 1416 e increíblemente la habitación está vacía. Deben de haberle dado el alta al hermano de Eric, decido acercarme y preguntarle a una enfermera que está en el pasillo…
-Perdone, ¿Sabe si le han dado el alta a… Mario, el joven de la habitación 1416? – pregunto tímidamente.
-Srta…
-Johnson. Dígame, por favor – suplico.
-El señor García… – suspira. ¿Qué pasa? –Murió a las 9:28 de esta mañana, Srta. Johnson.

viernes, 19 de julio de 2013

Capítulo 9.

Me decanto por un vestido azul marino que me compré hace poco, me pongo un cinturón blanco para que el vuelo se realce más y  me calzo unos zapatos del mismo color que el vestido. También llevaré un bolso de fiesta, lo justo para que me entre el móvil y el monedero. Cuando llego a la puerta del bloque de pisos, Jesús me está esperando. Lleva puesto un traje negro que lo hace parecer modelo. Me ofrece su brazo y lo acepto, cuando veo a donde nos dirigimos, lo único que puedo pensar es Oh Dios mío. Me abre la puerta de su coche, es un BMW descapotable de color blanco. Es precioso. Rebecca, ten cuidado que se te cae la baba, me digo. Jesús parece estar divirtiéndose.
-¿Quieres conducirlo? – me pregunta. Mi yo interno se está riendo de mí. No, lo chocarás y tú no tienes dinero suficiente para pagar el arreglo. Quiero conducirlo pero estoy nerviosa y no quiero morir esta noche.
-No, Jesús. Temo no volver viva a casa – suelta una carcajada. Yo no me veo divertida. No se está riendo contigo, se está riendo de ti. Mi yo interno se está pasando. Al final, Jesús me abre la puerta del copiloto, entro y espero a que me lleve a la fiesta.
                                   *                     *                     *                     *
Ha sido especial viajar en un descapotable. Me ha maravillado como el viento acariciaba mis mejillas y revolvía mi pelo negro. El cochero se acaba de llevar el BMW, y estoy en el salón de la gran mansión del padre de Fran.
-Rebecca, discúlpame un momento, tengo que hablar con Rodrigo para poner hora exacta a la entrevista – me dice Jesús mirándome directamente a los ojos. Oh, esos ojos como el mar, sus olas me tragan.
-Vale, no te preocupes por mí, te esperaré aquí – le digo sonriendo. Asiente y lo veo desaparecer por el pasillo. Siento una mano desconocida en el hombro… Cuando me doy la vuelta y veo a… Mi peor pesadilla: Fran. No, no, no. Esto no puede estar pasando. Mi yo interior está gritando como una histérica y no puedo hacerla callar.
-Hola, Fran – me limito a decir. Me mira con los ojos muy abiertos y mira a ver si hay alguien a nuestro alrededor, todavía están sirviendo la comida en las mesas que hay puestas, por lo tanto, Fran me agarra fuertemente por la muñeca y me conduce por un oscuro pasillo.
-Fran, por favor, siento haberte pegado, no me hagas daño – susurro, pero mis palabras se pierden en la oscuridad.
                                   *                     *                     *                     *
No sé dónde estoy ni qué está pasando, me debí de desmayar cuando… ¡Cuando Fran me llevaba por el pasillo oscuro! Rebecca, escapa, rápido. Agg. Estoy tumbada en una cama y no me puedo mover porque… ¡Estoy atada a ella y  Fran está tumbado a mi lado!
-Te dije que me vengaría, Rebecca.
-Tú… Tú eres un auténtico capullo – la voz me tiembla mientras le grito. –Fran, suéltame.
-No, porque soy un “auténtico capullo” – me dice imitando mi voz al decir el insulto.
-Tengo que ayudar a entrevistar a tu padre, suéltame ya – me mira atónito. -¿No lo sabías? – niega con la cabeza y  me suelta las muñecas. ¡Ya estás libre!
-Verás… Mi padre nunca me cuenta nada de su vida, nuestra relación es muy estrecha, demasiado. Nunca hablamos, no tiene tiempo para mí… Desde que se murió mi madre, todo ha cambiado. La… La echo de menos – sus lágrimas asoman. ¿Fran llorando? Rebecca, intenta aprovecharse de ti, dice mi yo interna. ¿Lo consuelo? No creo que esto sea mentira.
-Fran, Fran… Mírame – me obedece. Ya no se ve como el machista que siempre ha sido, como el cabrón que siempre mandaba, ahora veo a un chico normal de veinticinco años.

-Rebecca, yo… Yo te quiero… Aunque lo demuestre como un auténtico capullo.

lunes, 15 de julio de 2013

Capítulo 8.


La mañana ha estado ajetreada, he estado escribiendo. Y… ya tengo el principio de la novela, he decidido empezarlo desde mi primer día, desde mi día en la peluquería. Al final, la peluquera me cortó solo las puntas y mi pelo azabache cae sobre mi espalda. Actualmente estoy en casa con Vane, que intenta por encima de todo sonsacarme información de Jesús, pero yo estoy preocupada por otra cosa porque antes tuvimos una conversación, mientras comíamos…
-Esta noche mi jefe va a hacer una entrevista y tengo que acompañarlo a una fiesta que hay antes, ese hombre se llama… Rodrigo Díaz – así de clara soy.
-¿Rodrigo Díaz? ¿En serio, Rebecca? – está demasiado interesada. Asiento y sonríe. –Entonces, te veré esta noche, ¿no?
-¿Eh? ¿Tú también vienes…? – se ríe, se está divirtiendo con las caras que pongo. Bah, Vane siempre es así y no cambiará nunca, debería acostumbrarme.
-Sí, nuestra banda es la que toca en la fiesta. Rodrigo es el padre de Fran y nos contrató, piensa que como él es famoso, sería una buena idea que la gente nos viera en su fiesta, así “The Black Moon” se hará también famosa. Pero… - hace una mueca. Algo ocurre. Vanessa solo hace muecas cuando pasan cosas que realmente le preocupan. –Pero su padre ha exigido que sea Fran el que cante la nueva canción “You are mine” – solloza. No, Vane, por favor. Tú nunca te dejas vencer. Soporta.
-Oh, Vanessa… Lo siento, era tu canción. Hablaré con Rodrigo después de la entrevista, para que te la devuelva. Te lo juro. Veré que puedo hacer – me mira con los ojos muy abiertos. No se lo cree. –Ahora, sonríe – me permito ponerme en su lugar por una vez. Siempre he sido yo la que he tenido problemas, nunca ella. Y ahora merece mi ayuda.
Cuando ella se va a ensayar con la banda, le envío mi dirección a Jesús y me obligo a soportar hablar con Eric por teléfono en vez de verlo en persona.
-Hola, Eric – mi voz se nota nerviosa.
-Rebecca… Te he echado mucho de menos. Gracias por llamarme.
Le pregunto qué tal su hermano y si se recuperará, su respuesta no es nada buena. Si su hermano sobreviviera, que es poco probable, tendría que ir en silla de ruedas… Pobre Eric, lo oigo llorar al otro lado del teléfono mientras me dice eso. Debería estar con él para animarlo. No lo conozco desde hace mucho, pero me parece que es lo que debería hacer.
-Eric… Dime en qué hospital estás y… - mañana tengo libre porque hoy es martes y he trabajado, con lo cuál que mañana no tengo que ir. –E iré a verte.
-Oh, no hace falta, Beck…
-¿Y qué que no haga falta? Yo quiero ir a verte, quiero apoyarte, déjame ir, por favor - ¿Yo? ¿Suplicando a un tío? ¿Desde cuándo?
-Vale… Estamos en el Hospital Clínico, habitación 1416, estaré aquí día y noche, así que puedes venir a cualquier hora entre las doce de la mañana y las diez de la noche – accede. Oh, me deja ir.
-Gracias. Hasta mañana, Eric…
-Hasta mañana, Beck – suspira. –Duerme bien esta noche – ha colgado.
No sé si podré hacer caso a su petición de que duerma bien. Voy a dormir poco si voy de fiesta, y si duermo poco no duermo bien.
Me pongo a escribir hasta que suena en interfono. ¡Jesús! Ha venido media hora antes de tiempo porque son las diez.
-Me cambio y bajo, no tardo nada – contesto.
-Rebecca, no hace falta que te des mucha prisa, yo te espero – y tengo la intuición de que está sonriendo, como siempre.

Capítulo 7.


Un ruido, no muy agradable, me despierta. Es el despertador. Me he pasado casi toda la noche en vela, pero cuando llegaron las seis, me debí de quedar dormida. Entro en el cuarto de baño y no me quiero mirar en el espejo por miedo a lo que pueda ver. Seguramente, pareceré un zombie. Decido darme maquillaje, el cuál no suelo usar mucho, para tapar mis ojeras. Y después, me pongo una camisa color turquesa y unos pantalones de vestir negros, con unos zapatos de tacón del mismo color que la camisa.
Salgo de la habitación intentando no hacer mucho ruido, porque Vane siempre se queda dormida en el sofá viendo la televisión. Me preparo un descafeinado, me lo bebo rápidamente, vuelvo al cuarto de baño, me lavo los dientes y  cojo el pen-drive en el que anoté algunas ideas sobre cómo expresarme en “Diario de una escritora”.
Hoy cogeré el bus, ya que parece que se va a echar a llover de un momento a otro. Miro el reloj: son las nueve y cuarto. En quince minutos llegaré.
Cuando llego a mi oficina, Jesús está allí, esperándome. Lleva una camiseta blanca de lino y un traje de color negro. Está increíblemente atractivo.
-Buenos días, Srta. Johnson – dice con una media sonrisa en la cara.
-Buenos días, jefe – le contesto.
-Puedes llamarme Jesús – me contesta. Es lo que habría hecho si él no me hubiera llamado “Srta. Johnson”.
-Y tú puedes llamarme Rebecca –asiente con la cabeza.
-Ahí, sobre tu escritorio, te he dejado notas sobre “Diario de una escritora” – le miro intrigada. –Ya sabes, te he apuntado el tamaño que deberá ocupar más o menos. Oye, Srta… - le echo una mirada fulminante – Rebecca.
-Dime, Jesús.
-Nos han llamado hace un rato, a las nueve aproximadamente, y nos han invitado a la fiesta de Rodrigo Díaz. Ya sabes quién es, ¿no? – no, no lo sé, así que le miro con cara de “soy tan estúpida que no lo sé, así que dímelo tú, por favor”. –Es un empresario muy importante y rico y después de la fiesta, le entrevistaré y haremos un artículo sobre él en la revista – me contesta. -Y… Bueno… - titubea. ¿Qué se propone decir ahora? –Me gustarías que me acompañaras a esa fiesta y a su entrevista, claro.
-Oh, Jesús, he estudiado periodismo, pero mi trabajo aquí es escribir una pequeña novela. No sería lo más adecuado que yo fuera – le discuto tranquilamente.
-Rebecca, no importa lo que sea adecuado, por favor, ven – me suplica. Oh, dios. Es encantador, no se lo puedo negar. Sus ojos azules me suplican…
-Vale, iré contigo. ¿A qué hora? – no podía negarme. Sus ojos me lo pedían, me suplicaban, no podía luchar contra eso y creo que nunca podré luchar contra los ojos de Jesús.
-A las once, pero me pasaré por tu casa a las diez y media, no olvides enviarme tu dirección esta tarde. Esperaré tu mensaje… Adiós, Rebecca, trabaja y que te vaya genial con la novela. Hasta esta noche – me sonríe y se acerca a mí. ¿Qué estarán pensando esos preciosos ojos azules como el cielo, fríos como el hielo y revueltos como el mar? Me da dos besos en las mejillas y yo le correspondo.
-Adiós, Jesús – y sale por la puerta, me siento en mi sillón con ruedas, me doy la vuelta hacia la ventana que está tras mi escritorio y solo saco una conclusión: Haría cualquier cosa por ver esos ojos todos los días, todos los años… Toda mi vida.

sábado, 13 de julio de 2013

Capítulo 6.


¿Qué?
1º ¿Eric tiene un hermano?
2º ¿Soy tan realmente estúpida de andar metiendo en mi casa a gente que no conozco lo suficientemente bien para saber si tienen hermanos?
3º ¿En qué hospital está Eric?
4º ¿Tanto me importa Eric como para estar pensando en qué hospital está su hermano para poder ir a verle?
5º ¿En serio me ha llamado Beck? ¿Y esa confianza? ¿De dónde y cuándo ha salido?
Obviamente, me estoy comiendo la cabeza. Si quiero saber la respuesta a todas esas preguntas, la única persona para ayudarme es Eric. Lo mejor será que le llame y le pregunte por su hermano antes de nada. No quiero parecer maleducada. Vuelvo corriendo a mi habitación y busco mi móvil. Cuando lo encuentro, marco su número rápidamente. Bip. Bip. Bip.
-¿Beck?
-¡Eric! Me has asustado. ¿Dónde estás? – le pregunto preocupada. Esto puede conmigo. Me estreso.
-En el hospital, con mi hermano. Te dejé una… - empieza a decir.
-Sí, una nota en la puerta del frigorífico. La vi – oigo un suspiro por el altavoz del móvil. -¿Está… Está bien tu hermano?
-No, Beck… No sabemos si saldrá de esta. Un… Un camión se lo llevó por delante – oh. La voz de Eric se nota débil. Cuánto me gustaría poder abrazarlo… -Pero no te preocupes, Beck, no pasa nada. Espero volver a verte pronto, pero también espero volver a poder reír con mi hermano algún día. Mario lo era… Lo es todo para mí – algún enfermero grita al otro lado de la línea para que lleven a alguien al quirófano. –Rebecca, tengo que colgar…
-Adiós, Eric – susurro delicadamente dándole a entender que tiene todo mi apoyo.
-Adiós, Rebecca – está nervioso. –Te… Te… - y se corta. Ya no se oye nada. La comunicación se ha cortado. ¿Qué me iba a decir? ¿Te…? ¿Te qué?
Cojo mi zumo tropical y me siento en el sofá a ver la televisión. Cambio de cadena continuamente ya que  no hay nada que me llame la atención. Oigo la puerta, debe de ser Vanessa.
-¿Ya has vuelto? – le pregunto.
-¿Sabes dónde está el micrófono de repuesto? – pregunta alguien. Es Fran, el batería, el que le quería quitar la nueva canción a Vane.
-No… - me mira de arriba abajo. No sé que está pensando, pero me mira raro, me da miedo.
-Ayúdame a buscarlo en su habitación – me ordena. Paso delante de él y noto algo… ¿Me ha tocado el culo? – Vamos, no te estés ahí parada, no tengo todo el día.
-¿Me has…? – pregunto tímidamente.
-Sí, te he tocado el culo. ¿Quieres que te lo vuelva a hacer? – me agarra por la cintura y me empuja contra la pared, me besa y me intenta quitar la camiseta, pero lo detengo cuando le pego en la cara con la mano abierta. - ¿Qué haces? – me exige una respuesta furiosamente.
-No me vuelvas a tocar – le advierto.
-A mí las mujeres no me dan órdenes ni me pegan. Pagarás por esto – me amenaza y sale de la habitación de Vane, tirando al suelo la foto que hay sobre la mesilla de Vane, en la que salimos juntas, abrazadas. Es del primer día que vinimos aquí. Oigo como la puerta se cierra. Fran ya se ha ido.
¿Qué ha sido eso? ¿Me ha intentado, por decirlo de algún modo, violar? ¿Se cree acaso que las mujeres están a sus órdenes, que somos sus esclavas? Bah, si ya decía Vane que era un machista. ¿Me dijo que se lo pagaría? Tengo que decirle a Vane que no le vuelva a dejar sus llaves. A saber lo que me hará si tiene las llaves de casa. Finalmente, me quedo dormida en el sofá de color crema que hay en el salón.

Eric está a mi lado. Me sostiene la mano derecha. Me habla, pero no le entiendo, no comprendo nada de lo que me está diciendo. Alguien me agarra por detrás, por la cintura, Eric me suelta y me deja en sus brazos, es Fran. Me tira en la cama de Vanessa y me susurra en el oído “Te dije que me lo pagarías, te lo dije, estúpida…”. Como intento escapar, me ata con cuerdas a la cama, para que no pueda huir de sus manos, de su voz que me chilla, de él. Me empieza a desvestir y grito, grito todo lo que puedo y me silencia pegándome en la mandíbula, el dolor que siento es el que me silencia, no su golpe. Me hace lo que quiere, no me puedo mover, solo puedo cerrar los ojos e imaginar que estoy con Eric, que me protege en sus brazos, que me aleja de… Fran.

Abro los ojos, estoy sudando. Solo ha sido una pesadilla, una estúpida pesadilla que ha intentado jugar con mis emociones y sensaciones. Sigo tumbada en el sofá del salón, pero alguien me mira con los ojos muy abiertos… Vane. Están desorbitados, tiene miedo… por mí.
-¿Por qué me miras así? – le pregunto sin aliento.
-¿Por qué gritabas tanto? Me has asustado, Rebecca.
-No pasa nada, solo era una pesadilla – respondo. –Pero… prométeme que no le volverás a dejar las llaves a Fran, por favor. Prométemelo – le suplico.
-Le he hecho una copia, por si se necesita el micrófono de repuesto, ya que se ha ofrecido él a venir siempre que se necesite. Aunque es un poco machista, te harás su amiga, el micrófono se me suele olvidar casi siempre – me dice. No, no, no, por favor. Que esto sea también una pesadilla.
-Vale… - no le puedo decir la verdad a Vane, me tomará por loca. Tengo que pasar más tiempo fuera de casa. Saldré a correr o… Haré cualquier cosa. -¿Qué hora es?
-Son las once, llevas durmiendo toda la tarde, ¿verdad?
-Sí. Me voy a mi habitación a… Escribir. Será mejor que adelante trabajo – le digo intentando olvidar el tema de Fran.
Cojo el portátil y me pongo a trabajar con “Diario de una escritora”, lo de esta mañana era un borrador, voy a mejorarlo. Me paso horas pensando, pero en la cabeza solo tengo a Fran empujándome con todas sus fuerzas contra la pared. Como mi padre diría: “Maldito demonio, ojalá arda en el infierno”.

Capítulo 5.


Acabamos de comer hace una media hora aproximadamente, y ahora voy de camino al Starbucks con Eric a mi lado. Al final, no estuvo tan mal la comida. Para tardar menos en llegar, cogemos un atajo, y pasamos por una fuente, y todo pasa tan rápido que cuando me quiero dar cuenta, estoy empapada, dentro de la fuente. Eric se ríe. ¡Qué fría está el agua! Me tiende la mano para ayudarme a salir.
-Hay que tener más reflejos, esta vez he sido yo, pero en otra ocasión puede ser un ladrón – dice todavía riéndose.
-¿Y un ladrón me va a empujar a la fuente para que se moje mi móvil y robármelo cuando ya esté roto? – le pregunto enfadada y él empieza a huir de mí, creo que me ha leído el pensamiento. – ¡Eh, no huyas, ven aquí, dame un abrazo, que sé que lo estás deseando! – le grito. Va a acabar igual de mojado que yo, como que me llamo Rebecca. Empiezo a correr detrás de él. Al final lo alcanzo, creo que se ha dejado coger a posta.
-Mojada estás más guapa. Tendré que tirarte a la fuente más a menudo – hago una mueca, y volvemos al lado de la fuente, donde dejé mi bolso, que no se cayó a la fuente. Se agacha para darme el bolso y entonces lo empujo para que caiga y se moje, pero me agarra por el brazo. Grito y caigo encima de él.  Se ríe, pero yo tirito, tengo frío. –Pues ahora no te puedo dejar mi cazadora, porque alguien me la ha mojado –dice haciéndose el enfadado. –Lo mejor será que te acompañe directamente a casa, ¿no crees?
-Sí, será lo mejor – admito.
Me paso la mitad del trayecto a casa tiritando, hasta que él me resguarda en sus brazos. Noto su calor corporal, la sangre se me sube a las mejillas. Ahora ya no tengo frío, pero debo de estar roja. “Saca un tema de conversación, Rebecca” me digo.
-¿Mañana trabajas? – le pregunto.
-No, voy a dejar el Starbucks – le miro sorprendida. –Para mí… Era una especie de pasatiempo, además ya he reunido el dinero suficiente para poder abrir mi propio negocio.
Hemos llegado a mi edificio, no sé si invitarle a subir. Vane está con la banda, si estuviera, le daba conversación en lo que yo me cambiaba.
-Es… es aquí. ¿Quieres subir a tomar algo? – le pregunto titubeando. Normalmente, la que lleva tíos a casa es Vane. Eric es el primero. Como dice Vane, soy antisocial y todo el día estoy leyendo o escribiendo.
-Como quieras – hace una pausa. –Oye, ¿cómo te suelen llamar? ¿Beck? ¿Rebe? Es que… Rebecca es muy largo.
-Me suelen llamar Rebecca, pero me puedes llamar como quieras – le contesto mientras abro la puerta, subimos por el ascensor y llegamos hasta mi piso. –Pasa. La cocina está ahí – digo señalando hacia la derecha. –Sírvete lo que quieras, me voy a cambiar. No tengo ropa de hombre, si no… Te la dejaba – sonrío y entro en mi cuarto. Rápidamente, me quito el jersey amarillo y los vaqueros y me pongo un pantalón corto de color negro y una camiseta de tirantes de color verde pistacho.
Cuando voy a la cocina no hay nadie. ¿Y Eric? Decido beberme un zumo, me dirijo al frigorífico y veo una nota pegada en la puerta:

Beck, me tengo que ir, mi hermano ha tenido un accidente de coche y está en el hospital, me han dicho que es muy grave. Siento irme de esta forma, pero espero que me comprendas. Ojalá volvamos a quedar algún día de estos, porque hoy ha sido un día maravilloso. Bueno, no me entretengo más. Te enviaré un mensaje en cuanto llegue a casa.
Besos,                                                                                                Eric.

viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 4.


Son las dos y cinco. Será mejor que vaya recogiendo si no quiero llegar tarde a la comida con Eric. Alguien llama a la puerta de mi oficina… Que no sea Jesús y cambie de idea sobre “Diario de una escritora”, por favor…
Es Javier, el secretario de mi exjefe. Ay, suena raro decir ex. Y pensar que ahora mi jefe es Jesús…
-Rebecca, primer día y ya te envían flores… ¿Tan bien haces tu trabajo? – dice Javier. –Toma, para ti – y me da un precioso ramo de rosas rojas.
-Gracias, aunque no sé de quién pueden ser – digo y Javier sale de mi oficina.
Vaya. ¿Quién habrá sido? ¿Eric? No sabe dónde trabajo, y mejor así, porque como compre la revista y vea mi sección, me muero de la vergüenza. Si no ha sido Eric… ¿Quién será mi admirador secreto? Cuando le cuente esto a Vane, se va a emocionar, fijo. Y cuando salgamos de compras, empezará “Es aquel, el del semáforo de en frente” o “Aquel. ¡Aquel es! El de la esquina, el que está tocando la guitarra. Te ha mirado de arriba abajo unas tres o cuatro veces” y juro que la enterraré viva para que se calle.
Las coloco rápidamente en un jarrón y las pongo sobre mi escritorio. Si es que son tan bonitas…
Salgo del ascensor y me encuentro con Jesús. Otra vez me ahoga el temor a que cambie de idea y me despidan. Yo no voy a poder vivir así.
-¿Te vas andado? – me pregunta tímidamente y asiento con la cabeza. –Si quieres te llevo en mi coche a casa – sí, Jesús, precisamente a casa. ¿Le digo que me lleve al Starbucks…?
-Emm, me iba a pasar antes por el Starbucks que está a quince minutos de aquí – le digo seriamente.
-Podemos tomar algo – enciende la radio. Por Dios, ¿qué le digo ahora?
-Jesús… Mejor para otro día, es que… - a ver que escusa se me ocurre. –Mi amiga Vanessa me espera allí – me sonrojo. ¿Por qué seré tan, tan tímida?
-Ah, vale. No te preocupes, quedamos otro día – sonríe y me dicta su número para que un día que esté libre, quedemos. -¿Me envías luego un whats app para que guarde tu número? – asiento de nuevo.
Me deja justo en frente del Starbucks. Son y cuarto, parece que me va a tocar esperar un rato. Le doy las gracias a Jesús por llevarme, me siento justo en el bordillo de la puerta de un edificio y saco mi BlackBerry. Vaya, tengo un mensaje de Vane que dice “¿Te gustaron las rosas?”. Ha sido ella, mira que gastarse dinero en eso…
Eric está cerca de mí y me saluda con la mano. Vaya, él también ha llegado pronto, ahora pensará que estoy desesperada, lo único bueno es que ya no voy a tener que esperarle. Contesto rápidamente a Vane: “Con que has sido tú… ¡No te vuelvas a gastar dinero en esas cosas!”. Parezco su madre.
Eric me da dos besos. Lleva una cazadora de cuero, una camiseta blanca y unos vaqueros, muy simple pero le queda realmente bien.
-¿Te gustó el ramo de rosas? – me dice. ¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Me quedo en blanco. Ósea que me las ha enviado él, pero Vanessa lo sabe. Como siempre, voy al grano. No vamos a andar perdiendo el tiempo por unas flores.
-¿Cómo lo sabe Vanessa? – le pregunto con cara de “Dímelo o juro que mueres”.
-Si te lo digo, el regalo habrá perdido el sentido – bah. Escusas. La cosa es no decirme como lo saben los dos, a no ser… que sea un regalo de los dos.
-¿Me las habéis regalado los dos?
-No soy tan pobre como para que tener que regalar unas rosas a medias con alguien – se ríe. – Son mi regalo, pero ella las eligió y les dio la dirección – dice mirándome con sus ojos verdes. Que pare de mirarme así, es intimidante.
-Son preciosas, de veras – respondo titubeante.
-Vamos a comer – me dice. Pero… ¿A dónde? No lo dice, pero yo tampoco lo pregunto, así que me quedo sin saberlo. Dejamos el Starbucks muy atrás, cuando de repente, saca las llaves del bolsillo y empieza a abrir la puerta de un gran bloque de pisos. Bien, genial, perfecto. Me ha traído a comer a su casa. Pues no, yo me voy. Esto huele a encerrona.
-Pasa – me dice, y mis piernas hacen caso. ¡Qué no quiero entrar ahí! Cerebro, haz que mis piernas te hagan caso. Quiero volver a casa y hacerle la comida a Vane. Eso es lo que quiero en este mismo momento, pero nada. Mi cerebro no actúa. Seguimos andando, subimos por el ascensor y llegamos a su casa. Piso 3º, letra C. Abre la puerta y paso por delante de él. No le conozco casi y ya estoy en su casa. ¿Me estoy volviendo loca? Sí, es lo más probable, me lo habrá pegado Vanessa.
Veo que en el salón tiene una rosa roja en la mesa. Qué romántico… “Eh, Rebecca, ten cuidado, que las apariencias engañan” me recuerdo a mí misma. Tomo asiento en una de las dos sillas que hay puestas. Saco el móvil. “Vane, te juro que te mato. Os habéis compinchado, ¿verdad?” le escribo, y unos segundos más tarde me llega “Eh, que yo solo quiero que mi mejor amiga se eche novio y así esté de mejor humor y me deje hacer fiestas en casa”. En cuanto llegue a casa, le doy con mi querida sartén. Eric vuelve con dos platos de… ¡Lasaña! Menuda pinta tiene… Eric vuelve a la cocina y regresa con dos copas de vino blanco.
-¡Qué aproveche! - decimos ambos al unísono y nos empezamos a reír. Al fin y al cabo, puede que esta comida no vaya a acabar tan mal. O por lo menos, eso debería estar pensando mi mejor amiga, porque ya sabe la que le espera cuando vuelva a casa si todo acaba mal.

miércoles, 10 de julio de 2013

Capítulo 3.

Bien. Me acabo de despertar, y Vane me ha convencido para que vayamos a desayunar al Starbucks, lo que para ella significa conocer a Eric. Hoy es miércoles y tengo que trabajar, pero no me viene nada mal reírme un rato con Vane, con lo cual que he aceptado su invitación.
Me he puesto unos vaqueros, porque ya empieza a hacer frío, y un jersey amarillo pálido, que me lo regaló Vane cuando me vine a vivir con ella, ella lleva un pantalón corto deportivo, porque cuando yo me vaya a trabajar se irá a correr.
Cuando llegamos al Starbucks, veo a Eric en la caja, pero él no me ve. Vane lo mira de arriba abajo y me susurra:
-¿Es ese, Rebecca? – asiento. –Esta muchísimo mejor de lo que pensaba. Mira, cambio de idea, no le llames, ni le hables, vete.
-¿Qué? – le suelto. No sé lo que me está queriendo decir.
-Que ya no le llames, si no te interesa, como buena persona que soy… - me mira riéndose. -Para que no le rompas el corazón al pobre, pues me lo ligo yo.
Ha llegado nuestro turno, Eric me ve y sonríe.
-¿Qué desean Rebecca y su amiga?
-Me llamo Vanessa – dice, y no me deja pedir nuestro desayuno. –Por tu culpa ayer a Rebecca casi la despiden del trabajo – miente Vane -, así que por lo menos, podrías salir con su mejor amiga – qué directa. Yo jamás sería capaz de soltarme tanto ante un desconocido.
-Eric, olvídala – Vane hace una mueca. –Yo quiero lo mismo que ayer y Vane…
-Yo lo mismo que ella – dios, cómo habla. Es justamente lo contrario a mí. –Ponlo a mi nombre.
-Esperad un poco chicas – dice Eric.
Las dos asentimos y noto como Vane me observa con mirada asesina. Como Vane se encapriche… Pobre Eric. Le digo a Vane que suba a la planta de arriba y coja sitio, que yo ahora subo, y me hace caso. Unos minutos después, Eric vuelve con lo que pedimos. Me mira  y se ríe.
-¿Ya se ha ido tu amiga?
-Sí. Trae – ya empezamos, como ayer, ahora no me da los frapuccinos. –Eric, no empecemos, por favor, que tengo que ir a trabajar.
-Esto está a nombre de tu amiga, así que te lo daré si al salir de trabajar, vienes conmigo a comer – igual de directo que Vane. Estos dos deberían estar juntos y dejarme a mí solita con mi ordenador portátil.
-Mmm… Solo me lo vas a dar si te digo que sí, ¿verdad? – pregunto, noto que me queman las mejillas.
-Pues sí, obviamente. Pero es que me lo pones difícil, Rebecca – suspira. –Ayer, no me llamaste, y si te dejo ir, es posible que ya no me llames.
-Vale, quedo contigo. ¿A qué hora? – me mira y pone cara de “A la hora que tú quieras”. -¿Te parece bien a las dos y media a la puerta de este Starbucks?
-Por mí, perfecto – veo que se queda pensativo. –Ah, y nosotros dos solos, eh – añade.
-Hasta pronto – subo por las escaleras, Vane está en las mesas del final. Me hace un gesto con la mano para que la vea y me dirijo a ella. Me siento enfrente de ella y le paso su frapuccino. Se lo bebe rápidamente, me revuelve el pelo y sale corriendo. Ala, a hacer ejercicio. Me ha hecho venir aquí solo para ver cómo era Eric, y encima luego me toca ir a comer con él. Me bebo rápidamente el frapuccino, al igual que Vane, y empiezo a caminar hasta llegar a la redacción.
-¡Buenos días, Rebecca! – me dice Javier, el secretario de mi jefe. –Jesús, el hijo de Fernando, está en tu oficina– asiento y me dirijo hacia mi nuevo puesto de trabajo. Abro la puerta de mi oficina y veo a un joven, que debe de ser Jesús, con el pelo negro y los ojos azules. Vane diría que esa combinación también debería estar prohibida.
-Hola – dice seriamente. –Soy… Jesús. Subjefe, por decirlo de algún modo.
-Yo soy Rebecca, con dos “c” – se ríe y me ofrece la mano. –Encantada.
-Bien, imagino que ya sabes en lo que consiste tu trabajo – asiento. –Bien, la idea fue mía, con lo cual que yo seré tu jefe, si necesitas ayuda o lo que sea… Mi despacho está al lado – sonríe, qué sonrisa más perfecta. Vale, admito que me he enamorado de su sonrisa y de sus ojos azules. –La novela puede ir de lo que quieras, la cosa es que entretenga al público que lee la revista. Me gustaría que antes de que te vayas a casa, hayas pensado sobre qué irá la historia y qué título vas a ponerle… - camina hacia la puerta y antes de irse, dice: -Suerte, Rebecca – cierra la puerta, y como la ventana está abierta, da un portazo.
Genial. A ver qué título le pongo… Me viene a la cabeza Eric. Agg. Necesito concentración. ¿Y si…? No. Va a ser muy mala idea. Malísima idea. ¿Pero…?
DIARIO DE UNA ESCRITORA.
Primer día de trabajo. Mi imaginación me juega malas pasadas. Necesito concentración. Mi trabajo debe estar listo a medio día. No tengo tiempo. Solo se me ocurre hacer un diario sobre mí. Algo que la gente lea y que le guste. Mi vida no es interesante. Pero me pasan tragedias, con las cuales la gente se puede divertir. Aquí estoy yo. Mi sobrenombre será RJ.
Ayer, me daba por muerta, perdí mi BlackBerry y encima llegué tarde al trabajo. ¿Qué más me puede pasar? Que al llegar a casa, mi mejor amiga me convenza para hacer la cena y que me toque recorrer toda la ciudad corriendo en tacones. Conclusión: Lo mejor que me pasó ayer fue que no me atropellaron.
Dios, horrible. A la basura… Y uno tras otro iban a la basura… Eran las 2. Jesús entró en la oficina para ver qué tal iba. Lo miré desesperada.
-Despídeme ya. Yo no sirvo para esto –Jesús se acerca a la papelera que tengo a mi izquierda… Y coge el papel arrugado de “Diario de una escritora”. Se lo lee, y se empieza a reír. Lo miro asustada. A lo mejor le gusta y no me echan.

-¡Perfecto! Me gusta “Diario de una escritora”. Esa será tu novela – antes de salir por la puerta dice: -No me falles, pequeña escritora.

Capítulo 2.

Todos me observan. Hasta que Fernando empieza a hablar:
-Esta es la nueva – yo creo que ya todos lo saben. –Su nombre es Rebecca, Rebecca Johnson. Le he asignado la nueva sección que os comenté la semana pasada. Se le ocurrió a mi hijo Jesús, y creo que la más indicada para llevarla es Rebecca - ¿De qué sección habla? Me he perdido, todos saben de qué habla menos yo. – Rebecca, tú deber será escribir una novela por capítulos. Un capítulo por semana. ¿Te parece bien? – Me he quedado embobada. ¿Escribir una novela por capítulos? Eso es magnífico.
-Sí, me parece perfecto. ¿Sobre qué debe ir? – pregunto.
-Sobre lo que tú quieras. Tendrás oficina propia, como cada uno de mis empleados, un sueldo medio, y tienes que venir a trabajar lunes, miércoles y viernes – Fernando hace una pausa. –Rebecca, haz los capítulos un poco largos, a ser posible.
-Sí, jefe – más tarde, Fernando empezó a hablar con otros empleados suyos.

Dos horas después…
Voy de vuelta a casa, son casi las ocho y media, Vanessa debe de estar preocupada, le dije que como muy tarde, llegaba a las ocho, y todavía me queda un buen paseo. Supongo que llegaré a las nueve.
Estoy llegando a casa cuando, de repente, mi BlackBerry vibra. Otro what’s app de Vane. Llego al portal, abro mi bolso… ¿Y mis llaves? Mierda… Se me han olvidado en casa. Toco el interfono. Prrrrr.
-¿Sí? ¿Eres las estúpida de mi amiga que se ha dejado las llaves en casa y no contesta al móvil? – dice una voz femenina.
-Sí, soy yo, la estúpida de Rebecca. Ahora, ábreme la puerta, Vane.
La puerta se abre, tengo tanto dolor de pies que descarto automáticamente la idea de subir por las escaleras. Prefiero el ascensor aunque vaya lentísimo. Primera planta. Piiiiii.
Cuando salgo del ascensor, Vane me está esperando a la puerta. Hoy está de mal humor, se le ve en la cara.
-¿Tan vaga estás hoy que me haces esperar aquí? Hay escaleras, ¿vale? – lo sabía, se le ve en la cara. Tiene una mueca extraña cuando está así. Algo malo debe haberle sucedido esta tarde con la banda.
-Vale, la próxima vez no dudaré en usarlas – me resigno a contestar. -¿Has hecho la cena?
-¿Me has contestado los mensajes que te envié? – la respuesta es “no” a ambas preguntas. Hoy me toca hacer la cena y aguantar una de sus broncas por no escucharla cuando lo necesita. Menudo día llevo.
Me encuentro haciendo la cena. Y realmente sé que Vane no la ha hecho porque no sabe cocinar, no porque esté enfadada de verdad. Ella lo llama enfado, yo lo llamo “refunfuñar a Rebecca porque no estoy de humor”. Las patatas fritas ya están y los filetes… También.
-Uy, cuánto me quieres, tiene una pinta deliciosa – dice sonriéndome. Yo básicamente hago todo en esta casa, pero luego es ella la que paga cuando salimos de fiesta, hace la compra y tal, ósea que no le puedo recriminar nada.

Cuando nos sentamos en la mesa, le pregunto que qué tal, y como ya me lo esperaba me cuenta una de sus moviditas con la banda. Fran, el machista del grupo, decía que la nueva canción que habían compuesto, debía cantarla él, y cómo no, Vanessa empezó a discutir con él porque, obviamente, debe cantar la cantante, no el batería. Pero al final, dice que mañana volverán a discutir, se hará a elección por los demás miembros del grupo, y saldrá ella. Luego me ha tocado contarle lo que me pasó con Eric, la BlackBerry y la nueva novela que me va a tocar escribir para la revista. Cuando le he hablado de la novela ha pasado de mí totalmente, pero con Eric… no. Me ha preguntado cómo era, y dice que se ha enamorado de él, dice que la combinación ojos verdes y pelo rubio debería estar prohibida porque es demasiado perfecta, incluso me ha regañado por no haber quedado con él ya. Sus palabras exactas son “No puedes perder tíos como Eric, te juro que si no lo llamas, lo llamaré yo, me compraré una peluca negra y me haré pasar por ti. Te lo juro”, entonces yo le he dicho que no hace falta una peluca, que se tiña el pelo y deje atrás su color pelirrojo, pero casi me pega con una sartén. Puede que Vane esté muy loca, pero la quiero y es la única que tengo aquí, a mi lado. Mis padres se quedaron en Londres y no creo que vuelva a verlos hasta navidad, y todavía quedan tres largos meses.