Eric está allí, tumbado, vestido con
traje… Muerto. El ataúd está a pocos metros de mí. Un joven, que debe de ser
Mario, se acerca a mí.
-Lo confundiste conmigo. Él es el
muerto. Yo soy el vivo. Él tuvo el accidente, no yo. El accidente fue culpa
tuya. Él está muerto por ti, niña. Rompisteis y… Él te amaba de verdad y míralo
ahora. Ya no tiene nada: ni tu amor ni… Ni siquiera la vida – Mario se aleja de
mí y la pena me empuja hacia el suelo. La tierra se remueve a mi alrededor y mi
cuerpo se va abriendo paso hacia el fin del mundo. Estoy siendo enterrada. Al
igual que Eric lo va a ser en unas horas. “Rebecca, veo cómo le miras, cómo le
abrazas… Yo no puedo cargar con eso. Lo mejor será que dejemos de vernos
durante un tiempo. No olvides que aunque esto haya acabado así, te quiero”, y
entonces la tierra me tapa por completo.
-Rebecca, vamos, despierta… Prepárate que nos vamos – me dice
una voz suave y angelical.
-¿Eric? – pregunto deslumbrada por la abundante luz que entra
por mi ventada.
-Soy Jesús, no te preocupes, Eric está bien. Vanessa le llamó
porque sabía que ibas a preguntar por él – pasa su mirada de mí al suelo. –Ya he
guardado tu maleta en mi coche, solo tienes que vestirte y prepararte y
podremos irnos. Ah, por cierto, no hace falta que desayunes, en el avión nos
darán comida.
-¿Avión? Eh… ¿Dónde vamos a ir? – no pillo ni una, yo sigo en
las nubes.
-Sorpresa… - me dice infantilmente. Vaya, no conocía este
lado de Jesús, pero he de admitir que así me atrae más.
-Jo, no es justo. Dime a donde vamos – me mira, vaya, se está
conteniendo para no decírmelo. –Por favor, Jesús.
-Vamos a ir a Londres – y sonrío maliciosamente porque estoy
orgullosa de haberle sonsacado el destino. Aunque… Allí no hay playa… Y
lo más importante… ¿Por qué narices vamos a ir Londres?
No hay comentarios:
Publicar un comentario