Diario de una escritora.
sábado, 18 de enero de 2014
martes, 31 de diciembre de 2013
En la boca del lobo.
El muy grosero deposita sus manazas en la menuda y delicada cintura de la joven, y se pega mucho a ella, demasiado para mi gusto. Veo que sonríe como si hubiera ganado todo esto. Como si tras tantos años buscando lo que un día le quité de las manos, lo hubiese recuperado de la forma más simple.
Desde la distancia observo como ambos conversan. La cara de Rebecca muestra asco. Seguro que está deseando que acabe ese odioso baile tanto como yo.
-Créeme que al principio solo pedí este baile para poder tener una breve conversación a solas con la dama – murmura John enterrando su rostro en el pelo negro de su acompañante. Se ve que disfruta mucho con todo esto.
-¿Al principio? – le pregunta la que un día fue mi dama sin entender apenas nada.
-Oh, claro, fíjate en la cara de Broche Caído…
-Llámale Jesús – le contesta furiosa. Vaya, quizá es cierto que puede seguir sintiendo algo por mí, pero quizá no.
-Perdón, sí, Jesús… Su cara… El odio con el que me mira, me encanta. Es realmente fabuloso ver la envidia que tiene de que sean mis manos las que estén tocándola… Matarla lo destrozaría, además, dije que me lo pensaría durante el baile, no que usted viviría si bailaba conmigo, ¿está lista para morir? – la pregunta la dice gritando para que yo la oiga. Mis temores se han hecho realidad. Ambos moriremos.
La música ha dejado de sonar. Rebecca me mira directamente a los ojos. No puedo muestrar emociones ni sentimientos. Ni vida. Lo sé. Lo peor será si la matan a ella antes que a mí. No podré soportarlo. Y tendré que verlo, porque quiero ser lo último que ella vea antes de morir... Vaya, soy un egoísta, pero en realidad, siempre lo he sido. Dudo que pueda hacer algo ahora para cambiarlo.
Lentamente, dejo caer todo mi peso sobre mis rodillas, el dolor me está matando. Veo como la chica forcejea para venir hacia mí, pero ese mal nacido se lo impide.
-Hijo de puta, suéltame - grita con todas sus fuerzas.
-Adelante, atadle una cuerda al cuello y colgadla de esa lámpara, ¡rápido, no tenemos todo el día! – les ordena John a los tres gigantes que siempre le guardan las espaldas.
Empiezo a quedarme sin oxígeno. Va a hacerlo. Va a acabar con su vida delante de mis ojos. Preferiría que me hicieran cualquier cosa antes a tener que contemplar esto y sufrir de tal forma. Mi boca pronuncia su nombre continuamente, con dolor, y... Joder, yo tengo la culpa de haberla metido aquí. El lobo nos estaba acechando desde la oscuridad y yo la arrastré conmigo hacia él.
-Anda, ¿le habéis oído? – pregunta la mujer que se encuentra cerca de mí, Mónica, riéndose. –Nuestro Romeo está maldiciéndose por haber metido a Julieta en todo esto – terminan de ponerle la soga alrededor del cuello. Se encuentra sobre una silla de madera muy oscura. Cuando la quiten, la perderé. Para siempre. Ya estuve a punto de no volver a ver su pelo, sus ojos y su maravillosa sonrisa en una ocasión. No puedo permitirlo ahora. Me niego a ello.
John da la orden que sus hombres estaban esperando. La miro, y mis labios pronuncian: "Voy a salvarte". El más alto se encarga de realizar lo que su jefe le ordenó y le da una brusca patada a la silla. Rebecca pende de la cuerda. Va a morir pronto si yo no hago algo para salvarla.
lunes, 30 de diciembre de 2013
Condenados.
Mis dos acompañantes me siguen por el pasillo, hasta que oigo su voz. Me paro de golpe y pongo mi mano sobre el pecho, donde el corazón. Entonces, no puedo soportar pensar en lo que ese sinvergüenza podría estar haciéndole. Empujo la puerta de la habitación en la que se encuentra Rebecca con todas mis fuerzas, y la veo allí, aterrada, frente a John, que sin pensárselo dos veces, aprieta el gatillo de la pistola que sujeta entre sus manos. 'Prefiero no tener vida a tener una en la que ella me falte'. Me pongo ante la bala, sin miedo, sin temor. Debo ser valiente, siempre lo he sido, no va a ser distinto ahora. Cierro los ojos cuando intuyo que la bala atravesará mi carne, pero no llega nada. No hay dolor, ni sangre. Abro lentamente los ojos y veo a Luna, la chica de pelo azul que venía conmigo, intentando quitarle a John el arma, y es ahí, cuando entre todos esos movimientos que le enseñé a esa joven en su día, hace años, la pistola se dispara de nuevo. No hay nada, no hay...
Esa asquerosa rata sale corriendo, veo que se me escapa. Echo una rápida mirada de lamento a Ash, porque yo sé que su hermana no se recuperará de esta, y él también lo sabe. Sin perder más tiempo, voy en busca del asesino, del que en un pasado muy lejano llegó a ser mi mejor amigo.
Cuando llego a la planta baja, por suerte para mí, soy uno contra cinco, 'solo'. Mis demás hombres han hecho bastante bien su trabajo. Todo se revuelve en cuanto me ven. Sí, definitivamente me he metido en la boca del lobo. Los disparos comienzan, y más de uno están realmente a punto de acabar con mi vida. Pero consigo esquivarlos gracias a las columnas y estatuas que hay en la amplia sala, son buenos escudos, son lo único que está entre la vida y la muerte en estos momentos. Cuando quiero darme cuenta, el silencio me acompaña. Solo quedamos vivos John y yo. Le disparo, pero no me quedan balas y se ríe maliciosamente. De la nada salen otros tres hombres, propiedad del enemigo, desgraciadamente. Dos me agarran, otro pone su revólver en mi nuca para que no intente huir. Y John empieza a darme una paliza. Tras unos cuantos golpes, mi mandíbula arde en dolor. Ordena a sus hombres que desaparezcan, quiere darme el típico discurso en el que dirá que él ha ganado la partida y que yo ya estoy prácticamente muerto. Este es el momento de suplicar por la vida que más aprecio, y no la mía precisamente. Me anticipo a hablar. No quiero escuchar ni una sola palabra de su estúpido discurso.
-Solo me quieres a mí, a ella no. Pues ya está, ya me tienes, no me has tenido que buscar, he venido yo solo – consigo decir como puedo, ya que tengo adolorida mi boca.
De repente, ambos una voz femenina no muy lejana:
-Fíjese, parece ser que la señorita está escuchando a escondidas, ¿qué le parece si acabo con su asquerosa y sucia vida sin futuro? – grita Mónica, la socia de John, tras las estatuas que usé hace minutos de protección para mi jodida vida.
-¡No! No la quieres a ella, me quieres a mí, ni se te ocurra ponerle una mano encima, suéltala y te daré lo que buscas. La Perla: fortuna, fama… - empiezo a suplicar. Dios, que acepte, por lo que más quiera...
-Permítame un baile con la dama y así me lo pienso – me contesta John sonriendo maliciosamente. ¿Qué? ¿Bailar con este ser sin piedad? No. No puedo poner a Rebecca en esa situación. La chica me mira desde la otra punta del salón de baile. Si no baila con él, está muerta, así que le suplico con la mirada para que le conceda al asesino de su hermano un baile, da un paso atrás, asustada, y le digo en un tono de voz triste, apagado y un poco tembloroso: “Hazle caso o no tendrá inconveniente en meterte un balazo en la cabeza, querida”. Así, poco a poco, observo como camina en dirección a John, que la agarra fuertemente por la cintura cuando una extraña y sencilla música comienza a sonar. Cerrar los ojos será lo mejor. No quiero sufrir viendo esto. Y antes de visitar la oscuridad, veo a John. Ahora ella está entre sus brazos, y yo, a sus pies.
Acabo de condenarnos a ambos a una muerte lenta y dolorosa.
domingo, 29 de diciembre de 2013
Reaparecer.
Mis hombres me han comentado que este sería el mejor momento para encontrarme con Rebecca por "casualidad". La calle está abarrotada y, de repente, ella está en mi campo de visión. Tras tanto tiempo observándola desde la oscuridad, por fin volveré a escuchar su suave voz. Dirijo toda mi atención hacia el brillante anillo que lleva en su mano derecha. Así que todo era verdad. Están comprometidos. Joder, la estoy perdiendo. No, no puede ser. Tengo que hablar con ella ya. No puedo soportar más tiempo este nudo en la garganta, producido por el saber que un día tendré que dejarla marchar, dejar de observarla desde mi amada oscuridad.
-Rebecca, sé que eres tú. Espérame, por favor. Deberíamos hablar - empiezo a correr lo más rápido que puedo. Cada vez la tengo más cerca. Ya casi... Y ha desaparecido, ya no está. Como si del viento se tratase. No puede ser. Pero, de pronto, mis ojos ven como el reluciente pelo negro, que llevo observando meses, se esconde en un callejón oscuro. Perfecto. Me lo pones aun mejor, Rebecca. La oscuridad es lo mío. Mi mejor campo de batalla. Decido seguirla.
-No te vas a escapar tan fácilmente de mí, querida. No puedes olvidarme, no puedes huir de mí de esta forma - susurro en su nuca y siento que un escalofrío recorre su cuerpo de arriba a abajo.
-Jesús, déjame en paz, por favor. Quiero olvidarte… Como si nunca hubiera llegado a conocerte – me dice, y parece que lo hace sinceramente.
-Si no me hubieras conocido, Josh estaría vivo… Y si Josh estuviera vivo, no me guardarías ese rencor. Todo está encadenado. No puedes deshacerlo - tengo que hacer que entre en razón y que vuelva a mis brazos, no a los de ese estúpido cretino con el que se acaba de comprometer.
-¡Cállate! Jamás vuelvas a pronunciar el nombre de mi hermano. Debería ser una gran carga para tu conciencia – solloza y me mira tiernamente. Quizá aun me quiere, quizá no. Quién sabe.
-Ay, mi pequeña e indefensa Rebecca… Sabes perfectamente que yo no soy el verdadero culpable. Solo te engañas a ti misma para no reconocer que el que mató a tu hermano fue el hermano de Eric… Ah, por cierto, ¡felicidades por el compromiso! – exclamo con una extraña sonrisa en el rostro, porque no es una sonrisa sincera. En realidad, mataría a ese individuo, pero ahora lo mejor que puedo hacer es atar al perro que tiene tantas ganas de morder. Tengo que controlarlo si quiero que Rebecca vuelva conmigo.
-Jesús, para – le estoy haciendo daño, demasiado. La tristeza se nota en sus ojos, tentados a llorar y desahogarse. No quiero que se derrumbe delante de mí... Entonces, baja la cabeza y me hace la pregunta que realmente me extrañaba que aun no hubiera hecho. -¿Cómo sabes que nos casamos?
-Shh. Últimamente me entero de todo, querida. Ah, un consejo antes de que nos volvamos a encontrar por “casualidad”… Harías mejor pareja conmigo – le guiño un ojo y decido desaparecer de su vista. Ya ha tenido suficiente por hoy. Volveré a visitarla pronto, o eso espero.
"Atrapada" Segundo libro.
La continuación de esta novela puede leerse en http://pisadasnlanieve.blogspot.com.es
Un saludo.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Epílogo.
Eric. El sensible y cariñoso Eric. Lo dejé abandonado tras haber aceptado casarme con él, seguro que ahora está pensado que le hice vivir una mentira, lo cuál no es del todo incierto, porque mi corazón no siempre ha estado de su lado.
Jesús. El frío y protector Jesús. También a él lo he traicionado a mi manera. Lo dejé solo cuando más necesitaba mi ayuda. Ha venido a salvarme. Por mi culpa ha estado a punto de morir y... Tampoco mi corazón ha estado siempre con él.
La única conclución que he sacado mientras viajaba en la parte trasera del coche de Jesús (ya que me negué a ir en el asiento del copiloto) ha sido que soy una gran hija de puta. Eso es todo lo que soy. No soy perfecta. No trato bien a las personas. Soy un ser humano realmente despreciable. Todo me sale mal. Traiciono a las personas que amo. La mayoría de la gente me es indiferente.
Y ahora, siendo sincera, debería estar muerta. Eso hubiera sido lo mejor para todos.
FIN DEL PRIMER LIBRO.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Capítulo 40
A lo lejos veo una especie de ser deformado con unos grandes dientes afilados que planean triturar cada uno de mis huesos, ya solo me queda darme por vencida o luchar lo que mis escasas fuerzas me permitan. Corro todo lo que puedo. Esquivo árboles. Intento dejar atrás a esas horrorosas bestias, pero en tan solo unos segundo me veo atrapada entre la puerta trasera de la mansión y cuatro de ellas. Presenciar el cuerpo sin vida de Jesús, algo que si no veo no creo o dejar que la muerte me lleve con él de una vez por todas.
Acabo tomando la decisión de que la vida es muy importante y que no importa tener que aguantar un poco de dolor en el alma.
Ahora tengo el cuerpo pálido como un cadáver de Jesús a escasos metros de mí y siento como se va formando lentamente un nudo en mi garganta. Aunque me duela, creo que Jesús debería tener los ojos cerrados en un momento como este. Me acerco arrastrando mis pies por el suelo del gran salón, hasta que tropiezo y no me siento lo suficientemente capacitada como para poder volver a ponerme de pie, tal cuál que no me queda otra que arrastrarme como pueda.
Cuando estoy a su lado, observo cada detalle con los ojos abiertos, sin poder pestañear. Sus heladores ojos azules, sin vida, piden descansar en paz. Decido cerrarlos.
Cuando las yemas de mis dedos tocan la fría piel de Jesús, él me mira fijamente. Pero...
-Rebecca - dice sonriendo, con la ilusión de un niño pequeño cuando consigue algo que lleva queriendo durante mucho tiempo. -Pensé que jamás volvería a ver tu rostro. Pensé que jamás volvería de aquella oscuridad que me separó de ti. Pensé que jamás volvería a verte para poder pedirte que escaparas conmigo lejos, lejos de aquí.