lunes, 29 de julio de 2013

Capítulo 19.

Eric acaba de entrar en la habitación de golpe, Jesús y yo estamos abrazados y en mi cara hay lágrimas.
-¡Rebecca! ¿Estás bien? ¿Por qué lloras? – parece angustiado. -¿Te ha hecho algo malo este tipo?
-Me llamo Jesús, por si se te ha olvidado, y Rebecca está bien – le responde mi jefe resignado.
La situación se está poniendo fea. Yo simplemente lloraba de felicidad, pero Eric se lo ha tomado a mal. Es un poco celoso y veo que esto va a acabar mal, realmente mal. Eric se acerca a mí, deposita un corto beso en mis labios y pronuncia unas palabras que me congelan el alma:
-Rebecca, veo cómo le miras, cómo le abrazas… Yo no puedo cargar con eso. Lo mejor será que dejemos de vernos durante un tiempo – me dice secamente, con los ojos rojos. –No olvides que aunque esto haya acabado así, te quiero – dicho eso sale de mi habitación y oigo como la puerta del piso se cierra de un portazo. Ahora sí que lloro de tristeza.
-Jesús, vete, por favor. Necesito estar sola – mi voz se ha roto en la palabra “sola”. Jesús me abraza como buen amigo que es.
-Piénsate lo de viajar a ir a ver el mar. Te vendrá bien, no puedes estar aquí encerrada. Mañana vendré con la maleta hecha. Haz tu maleta si quieres ir conmigo. Te quiero, descansa, por favor – me besa en la frente y recorre el mismo camino que Eric pero en silencio.
                                   *                     *                     *                     *
Me paso toda la noche despertándome con pesadillas sobre Eric dejándome por Catelyn, lo cual podría ser un hecho cierto, aunque lo dudo. Oigo la puerta de mi habitación y un susurro: mi nombre. Luego veo a Vanessa asomarse para  ver si estoy despierta.
-¿Por qué estás despierta a estás horas? – miro el reloj de mi mesilla de noche: son las 4:48 a.m. -¿Te duele algo?
-Me duelen las costillas, pero lo que más me duele es el alma, Vane – murmuro en la oscuridad.
-No se diría “estoy enfermo de amor” si no te hiciera daño algunas veces.
-Tienes razón – le digo asintiendo con la cabeza.
-Siempre la tengo. Ahora, duerme – cuando se levanta del lado derecho de la cama en el que estaba sentada la agarro fuertemente por la muñeca. -¿Qué pasa, Rebecca?
-¿Crees que debería ir de viaje con Jesús para despejar mi mente de Eric?
-¿Para despejar la mente o para llenarla de mierda comiéndote la cabeza con ellos dos? – me reprende.
-Para despejarme, olvidar a Eric y pasarlo bien durante unos días. Jesús cree que me vendría bien y yo… También lo creo – le respondo.

-Pues si tú lo crees así, yo también. Ahora duerme, yo te prepararé la maleta mañana por la mañana – cuando voy a decirle que no hace falta, me gruñe por lo bajo y añade: -Sí hace falta. Todavía te duelen las costillas… Y el alma. Duerme – me arropa y el sueño gana su batalla.

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