lunes, 30 de diciembre de 2013

Condenados.

Mis dos acompañantes me siguen por el pasillo, hasta que oigo su voz. Me paro de golpe y pongo mi mano sobre el pecho, donde el corazón. Entonces, no puedo soportar pensar en lo que ese sinvergüenza podría estar haciéndole. Empujo la puerta de la habitación en la que se encuentra Rebecca con todas mis fuerzas, y la veo allí, aterrada, frente a John, que sin pensárselo dos veces, aprieta el gatillo de la pistola que sujeta entre sus manos. 'Prefiero no tener vida a tener una en la que ella me falte'. Me pongo ante la bala, sin miedo, sin temor. Debo ser valiente, siempre lo he sido, no va a ser distinto ahora. Cierro los ojos cuando intuyo que la bala atravesará mi carne, pero no llega nada. No hay dolor, ni sangre. Abro lentamente los ojos y veo a Luna, la chica de pelo azul que venía conmigo, intentando quitarle a John el arma, y es ahí, cuando entre todos esos movimientos que le enseñé a esa joven en su día, hace años, la pistola se dispara de nuevo. No hay nada, no hay...
Esa asquerosa rata sale corriendo, veo que se me escapa. Echo una rápida mirada de lamento a Ash, porque yo sé que su hermana no se recuperará de esta, y él también lo sabe. Sin perder más tiempo, voy en busca del asesino, del que en un pasado muy lejano llegó a ser mi mejor amigo.

Cuando llego a la planta baja, por suerte para mí, soy uno contra cinco, 'solo'. Mis demás hombres han hecho bastante bien su trabajo. Todo se revuelve en cuanto me ven. Sí,  definitivamente me he metido en la boca del lobo. Los disparos comienzan, y más de uno están realmente a punto de acabar con mi vida. Pero consigo esquivarlos gracias a las columnas y estatuas que hay en la amplia sala, son buenos escudos, son lo único que está entre la vida y la muerte en estos momentos. Cuando quiero darme cuenta, el silencio me acompaña. Solo quedamos vivos John y yo. Le disparo, pero no me quedan balas y se ríe maliciosamente. De la nada salen otros tres hombres, propiedad del enemigo, desgraciadamente. Dos me agarran, otro pone su revólver en mi nuca para que no intente huir. Y John empieza a darme una paliza. Tras unos cuantos golpes, mi mandíbula arde en dolor. Ordena a sus hombres que desaparezcan, quiere darme el típico discurso en el que dirá que él ha ganado la partida y que yo ya estoy prácticamente muerto. Este es el momento de suplicar por la vida que más aprecio, y no la mía precisamente. Me anticipo a hablar. No quiero escuchar ni una sola palabra de su estúpido discurso.
-Solo me quieres a mí, a ella no. Pues ya está, ya me tienes, no me has tenido que buscar, he venido yo solo – consigo decir como puedo, ya que tengo adolorida mi boca.
De repente, ambos una voz femenina no muy lejana:
-Fíjese, parece ser que la señorita está escuchando a escondidas, ¿qué le parece si acabo con su asquerosa y sucia vida sin futuro? – grita Mónica, la socia de John, tras las estatuas que usé hace minutos de protección para mi jodida vida.
-¡No! No la quieres a ella, me quieres a mí, ni se te ocurra ponerle una mano encima, suéltala y te daré lo que buscas. La Perla: fortuna, fama… - empiezo a suplicar. Dios, que acepte, por lo que más quiera...
-Permítame un baile con la dama y así me lo pienso – me contesta John sonriendo maliciosamente. ¿Qué? ¿Bailar con este ser sin piedad? No. No puedo poner a Rebecca en esa situación. La chica me mira desde la otra punta del salón de baile. Si no baila con él, está muerta, así que le suplico con la mirada para que le conceda al asesino de su hermano un baile, da un paso atrás, asustada, y le digo en un tono de voz triste, apagado y un poco tembloroso: “Hazle caso o no tendrá inconveniente en meterte un balazo en la cabeza, querida”. Así, poco a poco, observo como camina en dirección a John, que la agarra fuertemente por la cintura cuando una extraña y sencilla música comienza a sonar. Cerrar los ojos será lo mejor. No quiero sufrir viendo esto. Y antes de visitar la oscuridad, veo a John. Ahora ella está entre sus brazos, y yo, a sus pies.
Acabo de condenarnos a ambos a una muerte lenta y dolorosa.

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