sábado, 21 de diciembre de 2013

Capítulo 40

A lo lejos veo una especie de ser deformado con unos grandes dientes afilados que planean triturar cada uno de mis huesos, ya solo me queda darme por vencida o luchar lo que mis escasas fuerzas me permitan. Corro todo lo que puedo. Esquivo árboles. Intento dejar atrás a esas horrorosas bestias, pero en tan solo unos segundo me veo atrapada entre la puerta trasera de la mansión y cuatro de ellas. Presenciar el cuerpo sin vida de Jesús, algo que si no veo no creo o dejar que la muerte me lleve con él de una vez por todas.
Acabo tomando la decisión de que la vida es muy importante y que no importa  tener que aguantar un poco de dolor en el alma.
Ahora tengo el cuerpo pálido como un cadáver de Jesús a escasos metros de mí y siento como se va formando lentamente un nudo en mi garganta. Aunque me duela, creo que Jesús debería tener los ojos cerrados en un momento como este. Me acerco arrastrando mis pies por el suelo del gran salón, hasta que tropiezo y no me siento lo suficientemente capacitada como para poder volver a ponerme de pie, tal cuál que no me queda otra que arrastrarme como pueda.
Cuando estoy a su lado, observo cada detalle con los ojos abiertos, sin poder pestañear. Sus heladores ojos azules, sin vida, piden descansar en paz. Decido cerrarlos.

Cuando las yemas de mis dedos tocan la fría piel de Jesús, él me mira fijamente. Pero...
-Rebecca - dice sonriendo, con la ilusión de un niño pequeño cuando consigue algo que lleva queriendo durante mucho tiempo. -Pensé que jamás volvería a ver tu rostro. Pensé que jamás volvería de aquella oscuridad que me separó de ti. Pensé que jamás volvería a verte para poder pedirte que escaparas conmigo lejos, lejos de aquí.

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