lunes, 9 de septiembre de 2013

Capítulo 24.

La multitud corre hacia cualquier dirección. Todo son gritos y sollozos. Jesús me está sosteniendo entre sus brazos protectoramente mientras nos alejamos en busca de la salida. A lo lejos veo al tipo que ha disparado, y entonces me doy cuenta de que es él, es Mario. La salida está cerrada, parece ser que estamos aquí atrapados.
-Rebecca, tienes que conseguir llegar a la puerta lateral pasando desapercibida, después, llega hasta el bar que hace esquina, el de las ventanas de vidrio verde, y espérame en los baños. Si alguien te sigue, intenta que te pierda de vista. ¿Vale? – me susurra al oído y yo asiento. –Te quiero, nos veremos allí en unos cuarenta y cinco minutos – me aferro a él, pensando que todo se ha acabado sin haber comenzado y salgo corriendo hasta que me doy cuenta de que tengo llena de sangre mi camisa de tela.
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He estado corriendo durante quince minutos, mientras vigilaba que nadie me siguiera, hasta llegar a esta taberna de mal augurio. Actualmente estoy encerrada en el baño de mujeres y he estado comprobando mi piel, a ver si tenía algún balazo, pero no. Eso solo me deja una opción en la que pensar: Jesús está herido ahí fuera y puede que esté teniendo problemas, pero si me dijo que viniera aquí es porque puede solucionarlo todo él solo, o al menos eso espero.
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Los minutos han pasado y ya son las 14:48, Jesús ya debería haber llegado… De repente oigo como alguien entra en el baño de hombres, inspecciona el cuarto y vuelve para entrar en el de mujeres. Jesús ya está aquí. La puerta se abre y…
-¡Mario! – grito estupefacta.
-Sabía que estabas aquí, niña. Ah, y llámame John. Vamos, ven conmigo – dice de mala gana.
-¿Dónde está Jesús? – no, no, no. No voy a ir con este psicópata a ninguna parte si no sé dónde está Jesús.
-¿Quién? ¿Broche Caído? – me pregunta maliciosamente. ¿Broche Caí…? No sé de quién me está hablando… John me agarra por la mano fuertemente. –Vámonos, no debemos perder el tiempo.
-¡Suéltame, hijo de puta! – le propino un rodillazo en el estómago y salgo corriendo del cuarto de baño, pero… Cuando quiero darme cuenta, tres fornidos hombres me apuntan con pistolas.
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Cuando me despierto, tengo las manos y los pies totalmente inmovilizados. Me encuentro perdida en la oscuridad y sentada en una silla. Empiezo a gritar por pura tensión que recorre mi cuerpo. No me pueden haber secuestrado y tenerme aquí retenida por semanas.
-Cállate, Rebecca – dice una voz conocida, la he oído esta mañana. –No vas a salir de aquí hasta que Broche Caído nos traiga lo que nos pertenece.
-¿Josh…? ¿Eres tú? – y recibo un puñetazo en mi mandíbula. Esto no puede ir peor. Me siento dolorida de arriba abajo. –Josh… ¿Cómo puedes estar haciéndome esto, a tu propia hermana…? ¿Y quién narices es Broche Caído? – le pregunto sollozando.
-Shhh. Cállate. Broche Caído es ese tipo al que llamas novio…
-No tengo novio, Jesús y yo solo somos amigos – replico en mi defensa. -¿Por qué lo llamas Broche Caído?

-Oh, ¿no te lo ha contado? – se burla de mí. –Pues vaya, te quedarás sin saberlo, porque no seré yo el que te lo explique todo. Me voy, te soltaré si prometes no intentar morderme o algo por el estilo, hermanita – asiento y me libera de las cuerdas y coloca una vela sobre una mesa que había a mi lado, que por culpa de la falta de luz no había visto aun, y señala mi comida y bebida. –Ya puedes rezar para que Broche Caído siga vivo y valgas para él más de lo que vale La Perla.

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