sábado, 2 de noviembre de 2013

Capítulo 30.

Día 6 de Febrero del 2014…
Noto unas cálidas manos que acarician mi vientre, y alguien susurra tiernamente mi nombre una y otra vez, continuamente.
-No quiero perderte nunca – murmura Eric en la oscuridad. Me doy la vuelta y pongo mis manos en su nuca y aprovecha para atrapar mi labio inferior entre sus dientes.
-No me vas a perder nunca – digo siguiendo el juego entre nuestras bocas.
-Cariño, las palabras se las lleva el viento… – dice a la vez que sonríe maliciosamente.
-¿Qué insinúas, Eric? – se me queda mirando sorprendido y lentamente se separa de mí, se levanta de la cama y abandona la habitación. Me deja anonada. ¿Dónde ha ido? Al tiempo, oigo sus pisadas por el pasillo, y todo pasa muy rápido. Se abalanza sobre mí, me carga en brazos y me lleva al salón…
Señala hacia la pared y hay unas fotos nuestras en fila, una tras otra, con una palabra en cada foto.
-¿Quieres casarte conmigo, Rebecca Johnson? – leo con un tono de voz muy bajo. -¿QUÉ? – grito dejando a Eric sordo, y me mira, con todo el cariño posible y no puedo menos que echarme a llorar. Da un paso hacia mí y me pega a él, me acuna hasta que dejo de llorar y me dice:
-¿Quieres pasar el resto de tu vida conmigo? – le tiembla la voz. Está muy nervioso, tiene miedo a que le dé una respuesta negativa que le rompa el corazón. Le quiero, ¿pero no es todo demasiado precipitado? Levanto la mirada y fijo toda mi atención en sus ojos, que en ese mismo instante aparta. Mete la mano en el bolsillo derecho de su pantalón y saca una pequeña cajita de terciopelo granate. –No tienes que darme la respuesta ahora. Quiero que sepas que te comprendo, que puede ser que tú no estés enamorada de mí, y lo respeto. Llevamos juntos poco tiempo, aunque yo ya sé que solo te quiero a ti, a ti y a nadie más. No te quiero meter presión… Cuando de verdad tengas claro que me quieres, póntelo – empieza a alejarse de mí, y noto el aire helado que entra por la ventana, que está abierta, y me da coraje…
-Eric, espera, por favor – le digo mientras le agarro fuertemente para impedir que me deje aquí sola, con mis pensamientos revueltos en esta oscuridad que me pone los pelos de punta.
-Rebecca, si no quieres… Em… Esto… Olvídalo. Yo no dije nada – dice decepcionado y se va. Entonces me doy cuenta. ¿Acaso podría vivir yo sin este hombre imperfectamente perfecto? ¿Podría? No, no podría, y no quiero perderlo de la forma más tonta, así que, desde aquel punto de la casa en el que todo me causa pánico, terror y soledad, grito:

-Eric, vuelve… ¡Ponme ese anillo y bésame, por favor!

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