jueves, 28 de noviembre de 2013

Capítulo 34.

Me despiertan unas fuertes pisadas por el suelo del pasillo más cercano a mi celda, porque esto no es una habitación aunque posea una gran cama y varios muebles a juego. Tengo que ponerme a pensar una manera de escapar de aquí, pero sin ventanas, las posibilidades de triunfar son completamente nulas, a parte de que no se ve apenas, porque las velas están apagadas y la única iluminación proviene de la rendija que hay por debajo del gran portón, el cuál está cerrado con llave. Sigo oyendo pisadas. ¿Por qué hay tanto barullo? ¿Qué pasó con Vanessa? De repente, me fijo en que hay un zumo de naranja en la mesilla de noche que está al lado de mi cama, que sigue hecha porque no he podido levantarme del suelo en toda la noche. Desde que estuve a punto de morir congelada, apenas puedo mover mis extremidades, pero la sed se apodera de mí y consigo hacer tal esfuerzo para obligarme a caminar hasta ese perfecto zumo. Cuando empiezo a tragarlo siento que algo va mal, que ese vaso no contenía únicamente zumo, entonces mi cabeza empieza a dar vueltas y dejo de pensar con claridad.
Una cierta oscuridad bastante profunda me absorbe, dejo atrás la celda que tengo por habitación y, de repente, frente a mis ojos tengo a Jesús hablando con una copia de mí misma, sí, eso fue… ¡Ayer, cuando nos encontramos por casualidad! Y las piezas del puzzle empiezan a encajar: colocaron algo en el zumo para que yo recordara dónde me dijo Jesús que volveríamos a vernos, pero lo que no saben todos los que me tienen aquí encerrada, es que Jesús no me dijo nada. No pueden sonsacarme una información que no poseo, porque solo dijo que nos encontramos por casualidad, remarcando tal palabra, entonces termino de comprenderlo todo: las casualidades no existen. Jesús vendrá a por mí, o eso espero. Él es mi última esperanza para salir viva de aquí. 
De pronto, el agujero oscuro que me había tragado, me trae de vuelta a la realidad y delante de mí solo veo a un John furioso, que me causa verdadero terror, con una pistola en la mano que apunta hacia mi corazón, el cuál ya está partido en dos, así que… ¿Qué más me da que lo rompa en mil pedazos, si seguirá dividido entre Eric y Jesús?

-Hazlo, dispara. Me harías un gran favor – consigo decir valientemente sin que apenas me tiemble la voz.

No hay comentarios:

Publicar un comentario