viernes, 6 de diciembre de 2013

Capítulo 35.

Entonces, la puerta se abre de golpe, Jesús entra en mi prisión (un hombre y una mujer lo siguen) y John aprieta el gatillo. Todo lo demás ocurre demasiado deprisa. Jesús se abalanza sobre mí para apartarme del recorrido que seguirá la bala y la extraña mujer de pelo celeste que lo acompaña empieza a pelear con John, intenta quitarle la pistola, y es ahí, cuando entre ese conjunto de brazos, el arma se dispara. No hay bala, no hay… John sale corriendo y Jesús va tras él, el hombre y yo nos acercamos rápidamente al cuerpo de la víctima, el suelo se ha teñido de sangre, la mujer empieza a hablar pero solo entiendo sus dos últimas palabras:
-Por… él – el hombre, que según me he estado fijando en sus rasgos, supongo que es su hermano, se acerca y le besa en la frente mientras le cierra los ojos. De pronto, se oyen más tiros en la planta inferior de esta mansión.
-Señorita, deberá quedarse aquí quieta, cande la puerta y no deje que nadie entre. Pronto volveremos a por usted – me dice forzando una sonrisa y me abandona rápidamente. En cuanto dejo de oír sus pisadas, me dispongo a abandonar la prisión, pero no antes sin haber cogido algo que me sirva de arma, por suerte, la joven difunta tiene una maravillosa pistola en un bolsillo de su pantalón negro. Lo primero que hago es intentar forzar la cerradura de la habitación de Vanessa, cuando lo consigo y abro bien los ojos, no me creo lo que veo. Está sana y salva, durmiendo. No se ha quemado. No tiene ni un puto rasguño.
¿Entonces quién gritaba de esa manera ayer por la noche? ¿O simplemente me lo imaginé todo?
                            *                 *                 *                 *
Dejo a Vanessa acostada, y por fin estoy tranquila, hasta que vuelven a oírse disparos en la planta baja, bajo los escalones intentando no hacer ruido, ya que podría significar mi muerte. Los disparos cesan, y observo todo desde las sombras que me proporcionan las estatuas de grandes dimensiones que hay al final de las escaleras. Tengo buenas vistas, muy buenas, diría yo.
-Solo me quieres a mí, a ella no. Pues ya está, ya me tienes, no me has tenido que buscar, he venido yo solo – dice Jesús antes de que alguien me agarre por detrás y me inmovilice.
-Fíjese, parece ser que la señorita está escuchando a escondidas, ¿qué le parece si acabo con su asquerosa y sucia vida sin futuro? – grita Mónica, la socia de John.
-¡No! No la quieres a ella, me quieres a mí, ni se te ocurra ponerle una mano encima, suéltala y te daré lo que buscas. La Perla: fortuna, fama… - empieza a suplicar Jesús desde la otra punta de lo que parece el salón de baile de la mansión.

-Permítame un baile con la dama y así me lo pienso – le contesta John sonriendo maliciosamente. ¿Qué? ¿Bailar con ese ser sin piedad? No. Me niego. Miro a Jesús, me suplica con la mirada para que le conceda al asesino de mi hermano un baile, doy un paso atrás y Jesús me dice en un tono de voz triste y apagado: “Hazle caso o no tendrá inconveniente en meterte un balazo en la cabeza, querida”. Así, poco a poco, camino en dirección a John, que me agarra por la cintura cuando una extraña y sencilla música comienza a sonar.

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