domingo, 8 de diciembre de 2013

Capítulo 36.

El muy grosero deposita sus manazas en mi cintura y se pega mucho a mí, veo cómo sonríe, como si hubiera ganado todo esto. Como si tras tantos años, al final todo se haya zanjado, y se haya salido con la suya.
-Créeme que al principio solo pedí este baile para poder tener una breve conversación a solas con la dama – murmura enterrando su rostro en mi mata de pelo negro salvaje como una pantera.
-¿Al principio? – pregunto sin entender apenas nada.
-Oh, claro, fíjate en la cara de Broche Caído…
-Llámale Jesús – le corto enfurecida.
-Perdón, sí, Jesús… Su cara… El odio con el que me mira, me encanta. Es realmente fabuloso ver la envidia que tiene de que sean mis manos las que estén tocándola… Matarla lo destrozaría, además, dije que me lo pensaría durante el baile, no que usted viviría si bailaba conmigo, ¿está lista para morir? – la pregunta la dice gritando para que Jesús la oiga. La música ha dejado de sonar. Miro directamente a los ojos azules de los que me enamoré, de los que quedé atrapada, son puro hielo. No muestran emociones ni sentimientos. Ni vida. Poco a poco, se va poniendo de rodillas, pretendo ir en su dirección, pero John me lo impide.
-Hijo de puta, suéltame.
-Adelante, atadle una cuerda al cuello y colgadla de esa lámpara, ¡rápido, no tenemos todo el día! – les ordena a los tres gigantes que siempre le guardan las espaldas. Jesús hace un extraño ruido con la garganta y empieza a susurrar palabras que desde aquí, por desgracia, no oigo. ¿De verdad estás pensando en qué estará diciendo Jesús antes de pensar en que vas a morir? Mi yo interna ya está jodiendo.

-Anda, ¿le habéis oído? – pregunta Mónica riéndose. –Nuestro Romeo está maldiciéndose por haber metido a Julieta en todo esto – terminan de ponerme la soga sobre mi delicada y pálida piel. Estoy sobre una silla, en cuanto la quiten, adiós vida. Ya estuve a punto de abandonar este mundo, pero antes no tenía nada. Ahora es distinto, ahora tengo todo lo que necesito, y me lo van a quitar en tan solo una milésima de segundo. Lo último que veo antes de que derriben la silla es a Jesús, y sus labios me dicen: “Voy a salvarte”.

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