viernes, 26 de julio de 2013

Capítulo 17.

Hoy es miércoles 9 de Octubre, al parecer, solo estuve dos días y medio en el hospital, una día y medio inconsciente y el último día me revisaron por si había empeorado o algo. Ahora, Eric ha venido a verme y cuando ha visto a Jesús hablando conmigo en la habitación y contándome todo lo que ha pasado (han puesto una denuncia a Fran) ha hecho una mueca y yo le he correspondido con otra.
-Jesús, vete un momento. Tenemos que aclarar cierta cosa – hago hincapié en “cosa”, Jesús asiente me aprieta mi mano derecha entre las suyas y sale cerrando la puerta cuidadosamente.
-¿Quién es ese y por qué está siempre contigo?
-Es mi jefe y se preocupa por mí más que tú – Eric se quedó incrédulo.
-¿Qué he hecho para que estés así conmigo? – dice finalmente asustado.
-Mejor “que no has hecho” – me mira con cara de “¿Qué me estás diciendo?”
-Venga, Beck… Dime qué ha pasado, podemos arreglarlo.
-¿Cuántas novias tienes? – me mira asombrado por la pregunta. –A parte de mí y Catelyn.
-Oh, Beck, ella no es mi novia. Lo fuimos… - dice, la voz le tiembla.
-Ella no opina igual – le contesté seriamente. Después, Eric me contó toda su historia con Catelyn: la conoció cuando hizo un viaje a Irlanda por dos meses, se conocieron y estuvieron saliendo, pero luego Eric cortó con ella y le puso la escusa de la distancia y tal. Catelyn le dijo que lo quería de verdad y le dijo que la distancia no importaba pero Eric se lo dejó claro, aunque ella seguía llamándose su novia y lo llamaba todos los días, la única novia (oficial) de Eric soy yo. Finalmente, Eric me besó suavemente con cuidado de no hacerme daño. Eso me quitó un gran peso de encima, pero me creó un nuevo problema: Quiero a Jesús y a Eric, ¿cómo voy a estar con uno de los dos, viendo al otro todos los días?
                                   *                     *                     *                     *
Ya era de noche, Vanessa y yo habíamos conseguido que Eric se fuera a casa a descansar, pero Jesús seguía a mi lado sujetando mi mano cuidadosamente. Habíamos estado hablando de Fran. Jesús me contó que nunca se había sentido más inútil, porque cuando yo empecé a gritar tras la puerta de la habitación, él no podía hacer nada. La puerta estaba candada y no había ninguna otra entrada a mi cuarto, lo único que pudo hacer fue gritar mi nombre una y otra vez y cruzar los dedos para que saliera viva de aquella, y valió la pena que cruzara los dedos, en serio.
-Jesús, vete a casa, no tienes porqué hacer esto. Mañana te veo, seguiré con “Diario de una escritora”.
-No, Rebecca, no seas cabezota. Mañana no vas a ir a trabajar. Antonio dijo que necesitabas toda la semana para descansar. Vendré a verte… Estaré todo el día contigo, mandaré a alguien hacer mi trabajo – dijo tranquilamente.
-Pero…

-Pero nada. No te preocupes. Duerme. Me gusta verte dormir – me besó en la frente y me tapó con una manta. 

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