viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 4.


Son las dos y cinco. Será mejor que vaya recogiendo si no quiero llegar tarde a la comida con Eric. Alguien llama a la puerta de mi oficina… Que no sea Jesús y cambie de idea sobre “Diario de una escritora”, por favor…
Es Javier, el secretario de mi exjefe. Ay, suena raro decir ex. Y pensar que ahora mi jefe es Jesús…
-Rebecca, primer día y ya te envían flores… ¿Tan bien haces tu trabajo? – dice Javier. –Toma, para ti – y me da un precioso ramo de rosas rojas.
-Gracias, aunque no sé de quién pueden ser – digo y Javier sale de mi oficina.
Vaya. ¿Quién habrá sido? ¿Eric? No sabe dónde trabajo, y mejor así, porque como compre la revista y vea mi sección, me muero de la vergüenza. Si no ha sido Eric… ¿Quién será mi admirador secreto? Cuando le cuente esto a Vane, se va a emocionar, fijo. Y cuando salgamos de compras, empezará “Es aquel, el del semáforo de en frente” o “Aquel. ¡Aquel es! El de la esquina, el que está tocando la guitarra. Te ha mirado de arriba abajo unas tres o cuatro veces” y juro que la enterraré viva para que se calle.
Las coloco rápidamente en un jarrón y las pongo sobre mi escritorio. Si es que son tan bonitas…
Salgo del ascensor y me encuentro con Jesús. Otra vez me ahoga el temor a que cambie de idea y me despidan. Yo no voy a poder vivir así.
-¿Te vas andado? – me pregunta tímidamente y asiento con la cabeza. –Si quieres te llevo en mi coche a casa – sí, Jesús, precisamente a casa. ¿Le digo que me lleve al Starbucks…?
-Emm, me iba a pasar antes por el Starbucks que está a quince minutos de aquí – le digo seriamente.
-Podemos tomar algo – enciende la radio. Por Dios, ¿qué le digo ahora?
-Jesús… Mejor para otro día, es que… - a ver que escusa se me ocurre. –Mi amiga Vanessa me espera allí – me sonrojo. ¿Por qué seré tan, tan tímida?
-Ah, vale. No te preocupes, quedamos otro día – sonríe y me dicta su número para que un día que esté libre, quedemos. -¿Me envías luego un whats app para que guarde tu número? – asiento de nuevo.
Me deja justo en frente del Starbucks. Son y cuarto, parece que me va a tocar esperar un rato. Le doy las gracias a Jesús por llevarme, me siento justo en el bordillo de la puerta de un edificio y saco mi BlackBerry. Vaya, tengo un mensaje de Vane que dice “¿Te gustaron las rosas?”. Ha sido ella, mira que gastarse dinero en eso…
Eric está cerca de mí y me saluda con la mano. Vaya, él también ha llegado pronto, ahora pensará que estoy desesperada, lo único bueno es que ya no voy a tener que esperarle. Contesto rápidamente a Vane: “Con que has sido tú… ¡No te vuelvas a gastar dinero en esas cosas!”. Parezco su madre.
Eric me da dos besos. Lleva una cazadora de cuero, una camiseta blanca y unos vaqueros, muy simple pero le queda realmente bien.
-¿Te gustó el ramo de rosas? – me dice. ¿Eh? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? Me quedo en blanco. Ósea que me las ha enviado él, pero Vanessa lo sabe. Como siempre, voy al grano. No vamos a andar perdiendo el tiempo por unas flores.
-¿Cómo lo sabe Vanessa? – le pregunto con cara de “Dímelo o juro que mueres”.
-Si te lo digo, el regalo habrá perdido el sentido – bah. Escusas. La cosa es no decirme como lo saben los dos, a no ser… que sea un regalo de los dos.
-¿Me las habéis regalado los dos?
-No soy tan pobre como para que tener que regalar unas rosas a medias con alguien – se ríe. – Son mi regalo, pero ella las eligió y les dio la dirección – dice mirándome con sus ojos verdes. Que pare de mirarme así, es intimidante.
-Son preciosas, de veras – respondo titubeante.
-Vamos a comer – me dice. Pero… ¿A dónde? No lo dice, pero yo tampoco lo pregunto, así que me quedo sin saberlo. Dejamos el Starbucks muy atrás, cuando de repente, saca las llaves del bolsillo y empieza a abrir la puerta de un gran bloque de pisos. Bien, genial, perfecto. Me ha traído a comer a su casa. Pues no, yo me voy. Esto huele a encerrona.
-Pasa – me dice, y mis piernas hacen caso. ¡Qué no quiero entrar ahí! Cerebro, haz que mis piernas te hagan caso. Quiero volver a casa y hacerle la comida a Vane. Eso es lo que quiero en este mismo momento, pero nada. Mi cerebro no actúa. Seguimos andando, subimos por el ascensor y llegamos a su casa. Piso 3º, letra C. Abre la puerta y paso por delante de él. No le conozco casi y ya estoy en su casa. ¿Me estoy volviendo loca? Sí, es lo más probable, me lo habrá pegado Vanessa.
Veo que en el salón tiene una rosa roja en la mesa. Qué romántico… “Eh, Rebecca, ten cuidado, que las apariencias engañan” me recuerdo a mí misma. Tomo asiento en una de las dos sillas que hay puestas. Saco el móvil. “Vane, te juro que te mato. Os habéis compinchado, ¿verdad?” le escribo, y unos segundos más tarde me llega “Eh, que yo solo quiero que mi mejor amiga se eche novio y así esté de mejor humor y me deje hacer fiestas en casa”. En cuanto llegue a casa, le doy con mi querida sartén. Eric vuelve con dos platos de… ¡Lasaña! Menuda pinta tiene… Eric vuelve a la cocina y regresa con dos copas de vino blanco.
-¡Qué aproveche! - decimos ambos al unísono y nos empezamos a reír. Al fin y al cabo, puede que esta comida no vaya a acabar tan mal. O por lo menos, eso debería estar pensando mi mejor amiga, porque ya sabe la que le espera cuando vuelva a casa si todo acaba mal.

3 comentarios:

  1. ¡¡¡Hola!!! Me encanta "Diario de una escritora". ¡Engancha mucho! En serio, sigue publicando capítulos, se te da genial escribir. ¿Algún consejo para una escritora nobel?
    Besos :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, espero no defraudarte con los próximos capítulos.
      Un beso :}

      Eliminar