Un ruido, no
muy agradable, me despierta. Es el despertador. Me he pasado casi toda la noche
en vela, pero cuando llegaron las seis, me debí de quedar dormida. Entro en el
cuarto de baño y no me quiero mirar en el espejo por miedo a lo que pueda ver.
Seguramente, pareceré un zombie. Decido darme maquillaje, el cuál no suelo usar
mucho, para tapar mis ojeras. Y después, me pongo una camisa color turquesa y
unos pantalones de vestir negros, con unos zapatos de tacón del mismo color que
la camisa.
Salgo de la habitación
intentando no hacer mucho ruido, porque Vane siempre se queda dormida en el
sofá viendo la televisión. Me preparo un descafeinado, me lo bebo rápidamente,
vuelvo al cuarto de baño, me lavo los dientes y
cojo el pen-drive en el que anoté algunas ideas sobre cómo expresarme en
“Diario de una escritora”.
Hoy cogeré
el bus, ya que parece que se va a echar a llover de un momento a otro. Miro el
reloj: son las nueve y cuarto. En quince minutos llegaré.
Cuando llego
a mi oficina, Jesús está allí, esperándome. Lleva una camiseta blanca de lino y
un traje de color negro. Está increíblemente atractivo.
-Buenos días,
Srta. Johnson – dice con una media sonrisa en la cara.
-Buenos
días, jefe – le contesto.
-Puedes
llamarme Jesús – me contesta. Es lo que habría hecho si él no me hubiera
llamado “Srta. Johnson”.
-Y tú puedes
llamarme Rebecca –asiente con la cabeza.
-Ahí, sobre
tu escritorio, te he dejado notas sobre “Diario de una escritora” – le miro
intrigada. –Ya sabes, te he apuntado el tamaño que deberá ocupar más o menos. Oye,
Srta… - le echo una mirada fulminante – Rebecca.
-Dime,
Jesús.
-Nos han
llamado hace un rato, a las nueve aproximadamente, y nos han invitado a la
fiesta de Rodrigo Díaz. Ya sabes quién es, ¿no? – no, no lo sé, así que le miro
con cara de “soy tan estúpida que no lo sé, así que dímelo tú, por favor”. –Es un
empresario muy importante y rico y después de la fiesta, le entrevistaré y
haremos un artículo sobre él en la revista – me contesta. -Y… Bueno… - titubea.
¿Qué se propone decir ahora? –Me gustarías que me acompañaras a esa fiesta y a
su entrevista, claro.
-Oh, Jesús,
he estudiado periodismo, pero mi trabajo aquí es escribir una pequeña novela. No
sería lo más adecuado que yo fuera – le discuto tranquilamente.
-Rebecca, no
importa lo que sea adecuado, por favor, ven – me suplica. Oh, dios. Es
encantador, no se lo puedo negar. Sus ojos azules me suplican…
-Vale, iré
contigo. ¿A qué hora? – no podía negarme. Sus ojos me lo pedían, me suplicaban,
no podía luchar contra eso y creo que nunca podré luchar contra los ojos de Jesús.
-A las once,
pero me pasaré por tu casa a las diez y media, no olvides enviarme tu dirección
esta tarde. Esperaré tu mensaje… Adiós, Rebecca, trabaja y que te vaya genial
con la novela. Hasta esta noche – me sonríe y se acerca a mí. ¿Qué estarán
pensando esos preciosos ojos azules como el cielo, fríos como el hielo y
revueltos como el mar? Me da dos besos en las mejillas y yo le correspondo.
-Adiós, Jesús
– y sale por la puerta, me siento en mi sillón con ruedas, me doy la vuelta
hacia la ventana que está tras mi escritorio y solo saco una conclusión: Haría
cualquier cosa por ver esos ojos todos los días, todos los años… Toda mi vida.
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